¿Sabes que es el don de ciencia? aprende todo aquí

El don de ciencia uno de los dones más interesantes con el que dios no puede privilegiar, para el entendimiento de las cosas y criaturas, en este artículo descubrirás algunos aspecto muy importante acerca de este magnífico don un de varios, como cultivarlos y entenderlo.

Don de ciencia

Sagrada Escritura

El quinto don del Espíritu Santo, continuando la escala ascendente de menor a mayor perfección, es el don de ciencia, algunos autores conceden al don de ciencia la tarea de perfeccionar la virtud de la esperanza, pero Santo Tomás lo concede a la fe, asignando a la esperanza el don de temor.

Nosotros continuamos este discernimiento del Doctor Angélico, que se basa y nos parece, en la entorno mismo del don de ciencia, el don de ciencia es una práctica sobrenatural inspirado por Dios con la gracia santificante, por el cual la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en orden al fin último sobrenatural.

¿Es una costumbre sobrenatural inspirada por Dios con la gracia santificante?, no se trata de la sabiduría humana o ideológica, que da origen a un conocimiento cierto y evidente de las cosas deducido por el raciocinio natural de sus principios o causas próximas o remotas.

Tampoco de la sabiduría teológica, que perfecciona las verdades dadas por Dios, las capacidades que se sujetan valiéndose de la disertación o análisis natural, sino de un innegable sobrenatural discernimiento oriundo de una ilustración especial del Espíritu Santo, que nos manifiesta y hace valorar rectamente la relación de las cosas creadas con el fin último sobrenatural.

Más brevemente, es la correcta apreciación de la actual vida transitoria en orden a la vida eterna,  es una práctica infusa, sobrenatural, inseparable de la gracia, que se distingue básicamente de las costumbres adquiridas, de la ciencia natural y de la teología.

Si el Espíritu Santo por medio del don de ciencia genera una inteligencia sobrehumana para observar las cosas del mundo según Dios, es incuestionable que en Jesucristo se da en forma perfecta, Jesús conoce a los hombres, a todos, a cada uno, en lo más recóndito de sus almas (Jn 1,47; Lc 5,21-22; 7,39s): «los conocía a todos, y no necesitaba informe de nadie, pues él conocía al hombre por dentro» (Jn 2,24-25).

Inclusive, inmerso en el curso de los acaecimientos temporales, comprende y prevé cómo se irán desarrollando, y en concreto, conoce los sucesos futuros, al menos aquellos que el Espíritu quiere mostrarle en orden a su misión salvadora.

Así determina su fallecimiento, su resurrección, su elevación, la devastación del Templo, y otros sucesos contiguos, a veces hasta en sus detalles más nimios (Mc 11,2-6; 14,12-21. 27-30). Muestra, pues, por un gran poder de don de ciencia, su potestad sobre el mundo presente y sus acontecimientos sucesivos:

«Yo os he dicho estas cosas para que, cuando llegue el momento, os recordéis de ellas y de que yo os las he dicho» (Jn 16,4), también el hombre nuevo, inspirado por el Espíritu Santo con el don de ciencia, conoce intensamente las realidades temporales, y las ve con claridad sobrenatural, pues las mira por los ojos de Cristo: «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Cor 2,16).

Don de ciencia

Por el don de ciencia, en efecto, el cristianismo descubre lo bello del mundo visible, su dignidad solemnidad, que es reflejo de Dios y adelanto de las situaciones definitivas, y al mismo tiempo, descubre su engreimiento, es decir, su condición de criatura, efímera, momentánea y también pecadora, este segundo aspecto, la apresurada transitoriedad de todo el mundo visible, tiene muchos testimonios en las páginas de la Biblia.

«Os digo, pues, hermanos, que el tiempo es corto… pasa la aspecto de este mundo» (1 Cor 7,29.31). «Nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las que no se ven; pues las que se ven son temporales; las que no son, eternas» (2 Cor 4,18).

En esta perspectiva del don de ciencia, no hay ningún ultraje por los seres del universo evidente, Expresemos, mejor, que hay una desestimación, ante la plenitud del ser Divino, lleno de bondad, belleza y afecto, los seres surgen en toda su precariedad natural, al levantar el sol, al manifestarse en su plenitud, desaparecen las estrellas.

La Teología

Según lo definido por el escolasticismo, la teología está formada por un triple aspecto: lo que es enseñado por Dios, enseña de Dios y lo que conduce a Dios (latín: Theologia a Deo docetur, Deum docet, y ad Deum ducit), esto indica las tres áreas diferente de Dios como la revelación teofánica, el estudio sistemático de la naturaleza de las creencias divinas y, en general, de las religiosas, y el camino espiritual.

La teología se enseña como una materia académica, normalmente en facultades e instituciones,  y se ocupa del contenido único de examinar lo sobrenatural, pero también se ocupa de la epistemología religiosa, pregunta y busca responder a la gran pregunta de la revelación, que se refiere a la aceptación de Dios, dioses o deidades, no solo como trascendental o superior al mundo natural, sino también dispuestos y capaces de interactuar con el mundo natural y, en particular, de mostrarse a la humanidad.

Si bien es cierto que la teología se ha transformado en un campo secular, los adherentes religiosos todavía piensa que la teología es una disciplina que les ayuda a vivir y entender conceptos como la vida y el amor y que les permite llevar una vida de obediencia a las deidades que siguen o adoran.

La teología se deriva del griego theologia (θεολογία), que proviene del theos (Θεός), que significa «Dios», y -logia (-λογία), que significa «enunciados, dichos u oráculos» (una palabra vinculada con los logotipos [λόγος], que significa «palabra, discurso, cuenta o razonamiento»), que había pasado a América como theologia y al francés como théologie.

La «teología» equivalente en inglés (Theologie, Teologye) había evolucionado hacia el año 1362, el sentido que la palabra tiene en inglés depende en gran medida del sentido que los equivalentes latinos y griegos habían adquirido en el empleo del cristiano patrístico y medieval , aunque el término inglés ahora se ha expandido más allá de los contextos cristianos.

Agustín de Hipona definió el equivalente latino, theologia, como «razonamiento o discusión sobre la Deidad», Richard Hooker definió la «teología» en inglés como «la ciencia de las cosas divinas «,  Sin embargo, el término puede usarse para una variedad de disciplinas o campos de estudio.

Don de ciencia

La teología considera si lo divino existe de alguna forma, como en las realidades físicas, sobrenaturales, mentales o sociales, y qué evidencia de ello se puede encontrar a través de experiencias espirituales personales o registros históricos de tales experiencias según lo documentado por otros.

El estudio de estos supuestos no es parte de la teología propiamente dicha, sino que se encuentra en la filosofía de la religión, y cada vez más a través de la psicología de la religión y la neuroteología, luego, la teología tiene como objetivo estructurar y comprender estas experiencias y conceptos, y usarlos para derivar prescripciones normativas sobre cómo vivir nuestras vidas.

Los teólogos usan diversas formas de análisis y argumento (experiencial, filosóficos, etnográfica, histórica y otras) para ayudar a comprender, explicar, evaluar, criticar, defender o promover una miríada de temas religiosos.

Al igual que en la filosofía de la ética y la jurisprudencia, los argumentos a menudo suponen la existencia de preguntas previamente resueltas y se desarrollan haciendo analogías a partir de ellas para sacar nuevas inferencias en situaciones nuevas.

El estudio de la teología puede ayudar a un teólogo a comprender más profundamente su propia tradición religiosa, otra tradición religiosa, o puede permitirles explorar la naturaleza de la divinidad sin referencia a ninguna tradición específica.

La teología se puede usar para propagar, reformar, o justificar una tradición religiosa o se puede usar para comparar, desafiar (por ejemplo, crítica bíblica) u oponerse (por ejemplo, irreligión) a una tradición religiosa o mundial.

La teología también podría ayudar a un teólogo a abordar alguna situación actual o necesidad a través de una tradición religiosa, o explorar posibles formas de interpretar el mundo.

La teología griega (θεολογία) fue empleada con el significado «discurso sobre Dios» a mediados del año 380 aC por Platón en La República, Libro ii, Cap. 18, Aristóteles dividió la filosofía teórica en matemáticas, físicos y teoloógicos, y el ultimo correspondió aproximadamente a la metafísica, que, para Aristóteles, incluyo el discurso sobre la naturaleza de lo divino.

Basándose en fuentes estoicas griegas, el escritor latino Varro distinguió tres formas de dicho discurso: mítico (sobre los mitos de los dioses griegos), racional (análisis filosófico de los dioses y de la cosmología) y civil (sobre los ritos y deberes de los religiosos públicos).

Algunos autores cristianos latinos, como Tertuliano y Agustín, siguieron el triple uso de Varro, aunque Agustín también usó el término más simplemente para significar «razonamiento o discusión sobre la deidad» en fuentes cristianas griegas patrísticas, la teología podría referirse estrechamente al conocimiento devoto e inspirado de la naturaleza esencial de Dios y a su enseñanza acerca de ella.

El autor latino Boecio, que escribió a principios del siglo 6, el usó de la teología para denotar una subdivisión de la filosofía como un tema de estudio académico, que trata sobre la realidad inmóvil e incorpórea (en oposición a la física, que trata sobre las realidades corporales y conmovedoras).

La definición de Boecio influyó en el uso del latín medieval, en las fuentes escolásticas latinas, el término llegó a denotar el estudio racional de las doctrinas de la religión cristiana, o (más precisamente) la disciplina académica que investigó la coherencia y las implicaciones del lenguaje y las afirmaciones de la Biblia y de la tradición teológica (el este último a menudo como se representa en las frases de Peter Lombard, un libro de extractos de los Padres de la Iglesia).

En el Renacimiento, especialmente con los apologistas florentinos platonistas de la poética de Dante, la distinción entre «teología poética» (theologia poética) y «revelada» o teología bíblica sirve como trampolín para un renacimiento de la filosofía como independiente de la autoridad teológica.

Es en este último sentido, la teología como método académico que implica el estudio racional de la enseñanza cristiana, que el término pasó al inglés en el siglo 14, aunque también podría emplearse en el sentido más preciso que se encuentra en Boecio y el patrístico griego, autores, en el sentido de un estudio racional de la naturaleza esencial de Dios, un discurso que ahora a veces se llama teología propiamente dicha.

A partir del siglo 17, también fue posible emplear el término teología para referirse al estudio de ideas y enseñanzas religiosas que no son específicamente cristianas (por ejemplo, en el término teología natural que denotaba teología basada en el razonamiento de hechos naturales independientes de específicamente cristianos revelación) o que son específicos de otra religión

Ahora bien, «teología» también puede emplearse en un sentido derivado para significar «un sistema de principios teóricos; una ideología (poco práctica o rígida)», algunos piensan que el término teología solo es apropiado para el estudio de las religiones que adoran a una supuesta deidad (un theos), es decir, más ampliamente que el monoteísmo; y presupone una creencia en la capacidad de hablar y razonar sobre esta deidad (en logia).

Sugieren que el término es menos apropiado en contextos religiosos que se organizan de manera diferente (religiones sin una sola deidad, o que niegan que tales temas puedan estudiarse lógicamente). («Hierología» se ha propuesto como un término alternativo, más genérico).

Los Santos

En el catolicismo romano y en otras tradiciones cristianas de fe, un santo es una persona santa que es conocida por su «santidad heroica» y que se cree que está en el cielo, en el siglo X, el Papa Juan XV formalizó un proceso para la identificación de los santos.

Antes de ese tiempo, los santos se establecieron en gran medida por el culto público, hay más de 10,000 santos reconocidos por la Iglesia Católica Romana, aunque los nombres e historias de algunos de estos santos hombres y mujeres se han perdido en la historia.

Los santos de la iglesia son un grupo diverso de personas con historias variadas e interesantes, sus filas incluyen mártires, reyes y reinas, misioneros, viudas, teólogos, padres, monjas, sacerdotes y «personas comunes» que dedicaron sus vidas a la búsqueda amorosa de Dios.

Tanto las personas religiosas como las no religiosas han encontrado inspiración en sus vidas, particularmente en las historias de santos que se dedicaron al servicio de los pobres, enfermos y marginados, como Santa Madre Teresa y San Vicente de Paúl , entre otros.

Muchos de los santos que fueron perseguidos por su fe, como San Esteban y San Perpetúa, mostró un perdón notable y sufrió pacientemente a través de sus juicios y torturas, algunos son venerados por su simplicidad y humildad, como San Francisco de Asís y Santa Teresa de Lisieux, varios, especialmente Santo Tomás de Aquino y San Agustín, fueron escritores y pensadores que dieron forma al pensamiento occidental durante siglos.

Los católicos veneran a los santos y los ven como ejemplos de vidas bien vividas en la fe, muchos encuentran consuelo en el conocimiento de que las personas santas compartieron en sus mismas luchas, pecados, dudas o dificultades y piden a santos específicos que recen por ellos.

Algunos santos son los patrocinadores de ciertas ocupaciones o causas, y estos santos a menudo se invocan para ayudar a las personas en esas profesiones o situaciones, por ejemplo, San Judas (Judas) es el santo patrón de causas imposibles o desesperadas, y muchos católicos le piden que ore en su nombre para la resolución de situaciones aparentemente imposibles en sus vidas.

Además, muchos católicos toman o se les da el nombre de un santo para su confirmación, a menudo se considera que un santo de confirmación tiene un interés invertido en fomentar el crecimiento espiritual de un nuevo católico y generalmente se elige porque la historia de su vida resuena con el neófito.

La mayoría de los santos tienen días de fiesta observados por la Iglesia Católica en los que sus vidas y contribuciones se celebran formalmente, y algunos tienen muchos seguidores de devotos e incluso órdenes religiosas en su honor.

Importancia y necesidad del don de ciencia

El don de ciencia es definitivamente necesario para que la fe logre alcanzar a su pleno esparcimiento y desarrollo en otro aspecto diferentes del que corresponde como veremos al don de entendimiento.

No es suficiente comprender la verdad revelada, no obstante sea con ese acierto profundo e intuitivo que brinda el don de entendimiento; es necesario que se nos dé también un instinto sobrenatural para, revelar y juzgar honestamente los vínculos de esas verdades divinas con el mundo natural y sensitivo que nos envuelve.

Sin ese sentido sobrenatural, la misma fe peligraría: porque, cautivados y extasiados por la gracia de las cosas creadas e ignorando el modo de vincularlas con el mundo sobrenatural, fácilmente equivocaríamos el camino, dejando al menos fácilmente las luces de la fe, y lanzándonos, con una venda en los ojos, en brazos de las criaturas, la experiencia diaria confirma demasiado todo esto para que sea menester insistir en cosa tan clara.

El don de ciencia presta, pues, invaluables atención a la fe, sobre todo en la práctica, porque por él, bajo la propuesta e educación del Espíritu Santo y por cierta semejanza y con franqueza con las cosas espirituales, juzgamos correctamente.

Según los principios de la fe, del uso de las criaturas, de su valor, utilidad o peligros en orden a la vida eterna; de tal forma que del que obra bajo el influjo de este don puede decirse con mucha propiedad y exactitud que ha recibido de Dios la ciencia de los santos “dedit lili scientiam sanctorum”.

Efectos del don de ciencia

Son exuberantes y muy variados los resultados que genera en el alma la acción del don de ciencia, todos ellos de alto valor santificante, los principales son:

  • Enseña a juzgar correctamente de las cosas creadas por orden de dios

Es lo adecuado y concreto del don de ciencia, «Bajo su criterio dice el Padre Philipon, un doble movimiento se origina en el alma: la costumbre del vacío de la criatura, de su nada, y también, a la observancia de la creación, él descubrimiento de la huella de Dios.

El mismo don de ciencia le saca lágrimas a Santo Domingo al pensar en la destino de los pobres pecadores, mientras que el espectáculo de la naturaleza infundía a San Francisco de Asís su célebre Cántico al sol.

Las dos pasiones aparecen en el famoso pasaje del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, donde el Santo relata el alivio y al mismo tiempo el tormento del alma religiosa a la vista de la creación, cuando las cosas del universo le revelan él paso de su Amado, mientras que el permanece etéreo hasta que el alma, transformada en El, le encuentre en la visión beatífica».

La primera impresión que exclama San Ignacio de Loyola al observar el espectáculo de una noche estrellada:

“¡Oh, cuán grosera me parece la tierra cuando observo el cielo!” y el segundo hacía caer extasiado a San Juan de la Cruz ante la hermosura de una pequeña fuente, de una montaña, dé un paisaje, de una puesta de sol, o al escuchar “el silbido de los aires nemorosos”.

La nada de las cosas creadas, observadas por medio del don de ciencia, hacía que San Pablo las quisiera todas como basura con tal de ganar a Cristo (Filipenses 3,8); y la belleza de Dios, reflejada en la bella fragancia de las flores, obligaba a San Pablo de la Cruz a decirles entre transportes de amor: “Callad, florecitas, callad…”

Y este mismo sentimiento es él que daba al Proveer a Asís aquel excelso sentido de armonía universal con todas las cosas salidas de las manos de Dios: el hermano sol, el hermano lobo, la hermana flor.

Era también el don de ciencia quien daba a Santa Teresa aquella asombrosa facilidad para explicar las cosas de Dios valiéndose de comparaciones y semejanzas tomadas de las cosas creadas.

  • Guía certera acerca de lo que tenemos que creer o no creer

Las almas en las que él don de ciencia interviene intensamente tienen instintivamente el sentido de la fe, sin haber estudiado teología ni tener formación de ningún tipo, se dan cuenta en el acto si una devoción, una doctrina, un consejo, una máxima cualquiera, está de acuerdo y sintoniza con la fe o está en oposición a ella.

No se les pregunta las razones que tienen para ello, pues no lo saben, lo sienten así con una fuerza irresistible y una seguridad inquebrantable, es admirable cómo Santa Teresa, a pesar de su humildad y rendida obediencia a sus confesores, nunca pudo aceptar la errónea doctrina de que en ciertos estados elevados de oración conviene prescindir de la consideración de la humanidad adorable de Cristo.

  • Hace ver con prontitud y certeza el estado de nuestra alma

Todo aparece claro y transparente a la aguda introspección del don de ciencia: “nuestros actos interiores, los movimientos ocultos de nuestro corazón, sus cualidades, su caridad, su malicia, sus principios, sus impulsos, sus fines e intenciones, sus efectos y consecuencias, su mérito y su demérito”, con razón manifestaba Santa Teresa que “en cuarto a donde entra mucho sol no hay telaraña escondida”.

  • Inspira el modo más acertado de conducirnos con el prójimo en orden a la vida eterna

En este aspecto, el don de ciencia, en su sentido más práctico, deja manifestar su influencia sobre la misma virtud de la prudencia, de cuyo desarrollo directo se encarga, “un predicador escribe el Padre Lallemant conoce por este don lo que debe decir a sus oyentes y cómo debe urgir”.

Un rector conoce el estado de las almas que dirige, sus penurias espirituales, los medicamentos por sus faltas, los obstáculos que se cruzan a su perfección, el camino más corto y seguro para conducirlos, cuándo hay que confortar o amonestar, lo que Dios obra en ellas y lo que deben hacer de su parte para cooperar con Dios y cumplir sus designios, un superior conoce de qué manera debe gobernar a sus súbditos.

Los que advierten más del don de ciencia son los más esclarecidos en todas sus sapiencias, observan maravillas en la práctica de la virtud, encuentran niveles de perfección que son desconocidos de los otros, observan de una simple vista si las acciones son inspiradas por Dios y conformes a sus designios, tan pronto como se desvían un poco de los caminos de Dios, lo perciben en el acto.

Muestran imperfecciones allí donde los otros no las pueden ver y no están sujetos a engañarse en sus sentimientos ni a dejarse sorprender por las ilusiones de que el mundo está lleno, si un alma fiel se dirige a ellos, sabrán lo que es necesario decirle para curar sus escrúpulos.

Si han de dirigir una consejo a religiosos o religiosas, les acudirán a la mente pensamientos conformes a las necesidades espirituales de estas personas religiosas y al espíritu de su orden, si se les exponen dificultades de conciencia, las resolverán magníficamente, pedirles la razón de su respuesta, y no dirán una sola palabra, puesto que conocen todo esto sin razón, por una luz superior a todas las razones.

Gracias a este don predicaba San Vicente Ferrer con el prodigioso éxito que leemos en su vida, se abandonaba al Espíritu Santo, ya fuera para preparar los sermones, ya para pronunciarlos, y todo el mundo salía deslumbrado, era fácil ver que el Espíritu Santo hablaba por su boca.

Un día en que tenía que predicar ante un príncipe pensó que tenía que mejorar la preparación de su sermón con un mayor estudio y celeridad humana, lo hizo así con extraordinario interés; pero ni el príncipe ni él resto del auditorio quedaron tan satisfechos de esta predicación tan estudiada como de la del día siguiente.

Que hizo, como de ordinario, según el movimiento del espíritu de Dios, se le hizo notar la diferencia entre esos dos sermones, “es respondió que ayer predicó fray Vicente, y hoy ha sido el Espíritu Santo”.

  • Nos despega de las cosas de la tierra

La verdad, en esto no es más que el resultado de la lógica de aquel correcto juzgar de las cosas que constituye la nota típica del don de ciencia, “todas las criaturas son como si no fueran delante de Dios” por eso hay que sobre pasarlas y trascenderlas para descansar en sólo Dios.

Pero solamente el don de ciencia brinda a los santos esa visión profunda sobre la necesidad del desprendimiento absoluto que admiramos, por ejemplo, en San Juan de la Cruz, para un alma iluminada por el don de ciencia, la creación es un libro abierto donde descubre sin esfuerzo la nada de las criaturas y el todo del Creador.

El alma pasa por las criaturas sin verlas, para no parase sino en Cristo, el conjunto de todas las cosas creadas, ¿merece siquiera una mirada para aquel que ha sentido a Dios, aunque no sea más que una sola vez?

Es extraño el efecto que produjeron en Santa Teresa las joyas que le enseñó en Toledo su amiga doña Luisa de la Cerda, he aquí el texto teresiano con toda su inimitable galanura:

Cuando me encontraba con aquella señora que he mencionado, me aconteció una vez, estando ya mal del corazón (porque, como he dicho, lo he tenido recio, aunque ya no lo es), como era de mucha caridad, me hizo sacar joyas de oro y piedras, que las tenía gran valor, en especial una de diamantes que apreciaba mucho.

Ella pensó que me alegraría, yo estaba riéndome dentro de mí y viendo con lástima lo que estiman los hombres, acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor, y pensaba cuán imposible me sería, aunque yo conmigo misma quisiese procurar, tener en algo aquellas cosas si el Señor no me quitaba la memoria de otras.

Esto es un gran potestad para el alma, tan grande que no sé si lo entenderá sino quien lo posee, porque es el propio y natural desasimiento, porque es sin trabajo nuestro, todo lo hace Dios, que enseña su Majestad estas verdades de manera que quedan tan impresas, que se ve claro no lo pudiéramos por nosotros de aquella manera en tan breve espacio adquirir.

  • Enseña a usar santamente las criaturas

Esta emoción, adicional del anterior, es otra derivación natural y espontánea del correcto juzgar de las cosas creadas, propio del don de ciencia, porque es verdad que el ser de las criaturas nada es comparado con el de Dios, pero no lo es menos que “todas las criaturas son migajas que cayeron de la mesa de Dios”, y de Él nos hablan y a Él nos llevan cuando sabemos usar rectamente de ellas, esto es, cabalmente, lo que hace el don de ciencia, los ejemplos son incontable en las vidas de los santos.

La admiración de las cosas creadas remontaba sus almas a Dios, del que veían su huella en las criaturas, cualquier detalle muy mínimo, que pasa inadvertido al común de los mortales, asombra fuertemente sus almas, llevándolas a Dios.

  • Nos llena de contrición y arrepentimiento por nuestros errores pasados

Es otro resultado natural del correcto juzgar de las criaturas,  a la luz brillante del don de ciencia se descubre sin esfuerzo la nada de las criaturas, su delicadeza, su engreimiento, su poca duración, su impotencia para hacernos felices, el daño que el apego a ellas puede acarrearle al alma.

Y al pensar en otras épocas de su vida en las que acaso estuvo sujeta a tanta vanidad y miseria, siente en lo más profundo de sus entrañas un genuino arrepentimiento, que estalla al exterior en actos intenso de contrición y desprecio de sí mismo.

Los patéticos acentos del Miserere salen naturalmente de su alma como una orden y necesidad psicológica, que le alivia y descarga un poco el peso que le abruma, por eso corresponde al don de ciencia la bienaventuranza de “los que lloran”

Tales son, a grandes rasgos, los resultados primordiales del don de ciencia, gracias a él la claridad de la fe, lejos de hallar dificultades en las criaturas para remontarse hasta Dios, se vale de ellas como palanca y ayuda para hacerlo con más facilidad.

Mejorada por los dones de ciencia y de entendimiento, la virtud de la fe consigue una intensidad vivísima, que hace presentir al alma las divinas claridades de la visión eterna.

Bienaventuranzas y frutos que de él se derivan

Al don de ciencia pertenece la tercera bienaventuranza evangélica: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mateo 5,5), ello tanto por parte del derecho como del estímulo, por parte del derecho (las lágrimas), porque el don de ciencia, en cuanto importa una recta estimación de las criaturas en orden a la vida eterna, impulsa al hombre justo a llorar sus pasados errores e ilusiones en el uso de las criaturas.

Y por parte del estímulo (la consolación), porque, a la luz del don de ciencia, se piensa correctamente que las criaturas ordenan al bien divino, del cual se sigue el anímico y consuelo, que empieza en esta vida y logrará su plenitud en la otra.

En lo que se refiere a los resultados del Espíritu Santo, pertenece al don de ciencia la certeza especial acerca de las verdades sobrenaturales, llamada fides, y cierto gusto, complacencia y fruición en la voluntad, que es el gaudium o gozo espiritual.

Vicios contrarios al don de ciencia

Santo Tomás, en el prefacio a la cuestiones relacionadas a los pecados en contra el don de entendimiento, sugiere a la ignorancia como vicio opuesto al don de ciencia, veamos de qué forma, el don de ciencia, en efecto, es preciso para disipar totalmente, por cierto instinto divino, la gran cantidad de faltas que en materia de fe y de hábitos se nos infiltran perennemente a causa de nuestra ignorancia y debilidad mental.

No solamente entre personas incultas, sino aun entre teólogos de nota a pesar de la franqueza de su fe y del arrojo de su estudio, corren gran cantidad de opiniones y pareceres distintos en materia de dogmática y moral, que forzosamente tienen que ser falsos a excepción de uno solo, porque una sola es la verdad.

¿Quién nos brindara un criterio sano y asertivo para no decaer de la verdad en ninguna de esas intrincadas cuestiones?, en el orden universal y objetivo no puede haber problema, en virtud del magisterio de la Iglesia, que es criterio infalible de verdad (por eso jamás yerra el que se atiene estrictamente a dicho magisterio infalible).

Pero, en el orden personal y subjetivo, el acierto constante y sin fallo alguno es algo que sobre pasa las fuerzas humanas, aun del mejor de los teólogos, sólo el Espíritu Santo, por el don de ciencia, nos lo puede brindar a modo de instinto divino.

Y así se da el caso de personas humanamente sin ningún tipo de estudio o formación y hasta analfabeta que sorprenden a los más grandes teólogos por la seguridad y profundidad con que penetran las verdades de la fe y la facilidad y acierto con que resuelven por instinto los más intrincados problemas de moral.

En cambio, ¡cuántas ilusiones padecen en las vías del Señor los que no han sido iluminados por el don de ciencia! Todos los falsos místicos lo son precisamente por la ignorancia, contraria a este don, esta ignorancia puede ser culpable y constituir un auténtica adicción contra este don.

Y lo puede ser, ya sea por invadir espontáneamente nuestro espíritu en cosas vacías o curiosas, o aun en las ciencias humanas sin la debida moderación (dejándonos absorber excesivamente por ellas y no dando lugar al estudio de la ciencia más importante, que es la de nuestra propia salvación o santificación).

Ya por vana presunción, confiando demasiado en nuestra ciencia y nuestras propias luces, poniendo con ello obstáculo a los juicios que habíamos de formar con la luz del Espíritu Santo.

Este abuso de la ciencia humana es el principal motivo de que abunden más los verdaderos místicos entre personas sencillas e ignorantes que entre los demasiado intelectuales y sabios según el mundo, mientras no renuncien a su consciente ofuscación y soberbia intelectual, no es posible que lleguen a actuar en sus almas los dones del Espíritu Santo.

El mismo Cristo nos avisa en el Evangelio: “Gracias te doy, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñitos” (Mateo 11,25).

De manera que la ignorancia, contraria al don de ciencia que puede darse y se da muchas veces en grandes sabios según el mundo, es indirectamente voluntaria y culpable, constituyendo, por lo mismo, un verdadero vicio contra el don.

Medios de fomentar este don

Aparte de los medios corrientes para la difusión de los dones en general (recogimiento, fidelidad a la gracia, oración, etc.), he aquí los primordiales referentes al don de ciencia:

  • Considerar la vanidad de las cosas terrenas

Jamás, ni con mucho, podremos con nuestros pobres acércanos a la penetrante intuición del don de ciencia sobre la engreimiento de las cosas creadas, pero es incuestionable que podemos hacer algo meditando dignamente en ello con los procedimientos discursivos a nuestro alcance.

Dios no nos pide en cada momento más que lo que entonces podemos darle, y a quien hace lo que puede de su parte, no le niega jamás su ayuda para posteriores avances

  • Acostumbrarse a relacionar con Dios todas las cosas creadas

Es otra manera psicológica para ir aproximándose poco a poco al punto de vista en que nos ubicará concluyentemente el don de ciencia, no descansemos en las criaturas, pasemos a través de ellas a Dios.

¿Acaso las bellezas creadas no son un pálido reflejo de la sublime Belleza? esforcémonos en descubrir en todas las cosas la huella y el vestigio de Dios, preparando los caminos a la tarea sobrenatural del Espíritu Santo.

  • Oponerse enérgicamente al espíritu del mundo

El mundo tiene el triste privilegio de ver todas las cosas.

Desde el punto de vista sobrenatural precisamente al revés de lo que son, no se preocupa más que de gozar de las criaturas, poniendo en ellas su felicidad, totalmente de espaldas a Dios. No hay, por consiguiente, otra actitud más contraria al espíritu del don de ciencia, que nos hace despreciar las criaturas o usar de ellas únicamente por relación a Dios y en orden a Él.

Dejemos las tertulias vanas, donde se arrojan y corren como moneda fidedigna falsas máximas completamente contradictorias al espíritu de Dios, renunciemos a regodeos y expansiones tantas veces saciados o al menos influidos por el ambiente malsano del mundo, andemos siempre atentos para no dejarnos sorprender por los asaltos de este enemigo artero, que trata de apartar nuestra vista de los grandes panoramas del mundo sobrenatural.

  • Ver la mano de la Providencia en el gobierno del mundo y en todos los acontecimientos prósperos o adversos de nuestra vida

Cuesta mucho ponerse en este punto de vista, y nunca lo lograremos del todo hasta que actúe en nosotros el don de ciencia, y sobre todo el de sabiduría; pero esforcémonos en hacer lo que podamos.

Es una verdad absoluta de fe que Dios cuida con gran amor el destino de todos nosotros, es nuestro Padre, que sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene, y nos gobierna con infinito amor, aunque no acertemos muchas veces a descubrir sus secretos designios en lo que dispone o permite sobre nosotros, sobre nuestros familiares o sobre el mundo entero.

  • Preocuparse mucho de la pureza de corazón

Este cuidado atraerá la aprobación de Dios, que no dejara de darnos los dones que necesitamos para lograrla del todo si somos fieles a su gracia, hay una relación muy estrecha entre la guarda del corazón y el cumplimiento exacto de todos nuestros deberes y las iluminaciones de lo alto: “Soy más entendido que los ancianos si guardo tus preceptos” (Salmo 118,100).

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