Uno de las insignias más habituales en la tradición de la salvación es el agua, una carestía vital y constante, queda desmostado en este pasaje de jesus y la samaritana, tanto para las personas como para los animales y las plantas, el agua limpia, purifica y es vida, aunque en oportunidades también es símbolo de desgracia y destrucción.
Indice De Contenido
- 1 Jesús y la mujer samaritana
- 1.1 Juan 4: 5-6
- 1.2 ¿Cómo se revela Jesús en esta historia?
- 1.3 «Y le era necesario pasar por Samaria»
- 1.4 «Jesús, cansado, se sentó junto al pozo»
- 1.5 «Vino una mujer a sacar agua»
- 1.6 «Jesús le dijo: Dame de beber»
- 1.7 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?»
- 1.8 «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber»
- 1.9 «Tú le pedirías, y él te daría agua viva»
- 1.10 «La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla»
- 1.11 «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?»
- 1.12 «Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed»
- 1.13 «Más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás»
- 1.14 «Jesús le dijo: Vé, llama a tu marido, y ven acá»
- 1.15 «Respondió la mujer y dijo: No tengo marido»
- 1.16 «Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta»
- 1.17 «Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén»
- 1.18 «Vosotros adoráis lo que no sabéis»
- 1.19 «A Jerusalén he elegido para que en ella esté mi nombre»
- 1.20 «Porque la salvación viene de los judíos»
- 1.21 «Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías»
- 1.22 «En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer»
- 1.23 «Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad»
- 1.24 «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?»
- 1.25 «Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come»
- 1.26 «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra»
- 1.27 «Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega»
- 1.28 «Para que el que siembra goce juntamente con el que siega»
- 1.29 «Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer»
- 2 Jesús sana al hijo de un noble
Jesús y la mujer samaritana
La relato de la mujer samaritana empieza cuando Jesús está en un campo de Judea con sus seguidores (Juan 3:22), el pasaje nos cuenta que Jesús tuvo que pasar por Samaria (Juan 4: 4) cuando se dirigía de Judea a Galilea, esto, en sí mismo, no era muy normal para los judíos, ya que los samaritanos eran en parte judíos y en parte gentiles, y ambas partes no les gustaban demasiado.
Juan 4: 5-6
«Entonces llegó a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que Jacob le había dado a su hijo José, allí se encontraba el pozo de jaco; Jesús, fatigado de su viaje, estaba sentado al lado del pozo, eran alrededor de la sexta hora y una mujer de Samaria vino a sacar agua…»
Cuando se hace referencia de la sexta hora habría aproximadamente nuestro mediodía moderno, al calor del día y la gran mayoría de las personas durante ese tiempo habrían estado descansando, la mayoría de las mujeres irían temprano en la mañana, en la tarde o en la noche a buscar agua.
Sin embargo, Jesús había enviado a sus seguidores (Juan 4: 8), y observamos a la mujer acercarse al pozo en busca de agua, en la medida que se desarrolla la historia, aprendemos que esta mujer iba con frecuencia al pozo a esa hora del día (Juan 4:15), se ha casado 5 veces, y actualmente vive en un pecado no arrepentido, viviendo con su novio (Juan 4: 16-18).
En estas situaciones demuestra su deseo de evitar la vergüenza que pasaría al asistir al pozo cuando otras mujeres estuvieran presentes, y sin embargo, Jesús, en su intencionalidad divina, trató de encontrarse con esta mujer específica en este momento específico.
¿Cómo se revela Jesús en esta historia?
A través de la conversación con la mujer samaritana, vemos a Jesús que se muestra tres veces a lo largo de la historia, primero, Jesús se revela como el Agua Viva (Juan 4: 13-14), luego de pedirle un trago a la mujer samaritana, Él le responde ofreciéndole algo más grande, Él dice: «Si supieras el don de Dios y quién es el que te pide un trago, le habrías preguntado y él te habría dado agua viva». Juan 4:10, Él es el agua viva que ella necesita, el manantial de la vida.
Luego, Jesús se revela como un profeta. Juan 4: 16-19 dice: «Él le dijo:» Ve, llama a tu marido y vuelve«, ya responde «No tengo marido«, Jesús le dijo: «Tienes razón cuando dices que no tienes esposo, el hecho es que has tenido cinco esposos, y el hombre que tienes ahora no es tu esposo, lo que acabas de decir es bastante cierto», «Señor«, dijo la mujer, «puedo ver que usted es un profeta«.
Asombrada por la verdad de sus palabras y la manifestación de su propio pecado, sus ojos comienzan abrirse a la verdad de quién es Él, a través de esta manifestación, él le muestra que su palabra es verdadera.
Finalmente, vemos a Jesús revelado como el Mesías, «sé que viene el Mesías el que se llama Cristo, cuando venga, nos contará todas las cosas», Jesús le dijo: «Yo, que te hablo, soy él«. – Juan 4: 24-26 Jesús es el mesías, ahora le ha dicho claramente a la mujer que Él es el Rey ungido final que ha venido a buscar y salvar a los perdidos.
La Biblia de Estudio Global de ESV lo dice de esta manera: «Los términos Mesías (hebreo) y Cristo (griego) significan «ungido”, en el Nuevo Testamento y el judaísmo temprano, «Mesías» combina muchas expectativas del Antiguo Testamento acerca de un «ungido» que dirigiría, enseñaría y salvaría al pueblo de Dios«. (Juan 1:41 nota de estudio, referencia cruzada de Juan 4:25).
El encuentro de Jesús con esta mujer saca a relucir cuatro creencias o exhortaciones centrales que los cristianos modernos pueden aprender.
4 cosas que los cristianos pueden aprender de esta historia
- Solo Jesús es el agua viva que llena nuestro vacío
Así como la mujer samaritana buscaba a los hombres para satisfacer su alma, también buscamos cosas fuera de Cristo para dar sentido y propósito a nuestros corazones (Juan 4:14), sin embargo, cuando Jesús se le reveló, trató de mostrarle que Él era el agua interminable por la que tenía tanta sed (Juan 7:38).
Jesús es el agua viva que requerimos, cuando ponemos nuestra fe y confianza en Él como el Agua Viva, podemos creer en el hecho de que el pozo nunca se secará (Salmo 37: 4), nunca se fastidiará de nosotros, Él nunca estará insatisfecho, Él nunca nos rechazará, Él es la fuente interminable de paz, gozo, ternura, autocontrol, sinceridad, esperanza y satisfacción (Gálatas 5: 22-23). La vida abundante solo se puede encontrar en Él (Juan 10:10).
- Jesús no se turba con nuestro pecado
La mujer vio a Jesús como un profeta porque amablemente llamó a su pecado y «me contó todo lo que hice» (Juan 4:29), Jesús es espléndido y ve el pecado dentro de nuestros corazones (1 Timoteo 5:15), Él conoce nuestros deseos, y aun así nos persigue y nos ama (Romanos 3:23), no está impresionado por nuestros malos deseos, sino que busca reconciliarnos con el Padre a pesar de ellos (Hebreos 7:25).
Colosenses 1: 19-20 dice: «Porque a Dios le gusto que toda su plenitud viviera en él, y por medio de él reconciliar consigo mismo todas las cosas, ya sea en la tierra o en el cielo, haciendo las paces con su sangre, derramando en la cruz«.
Jesús observo nuestro pecado y estuvo dispuesto a derramar su sangre y soportar una inmensa angustia por nuestra satisfacción y vida eterna, «Dios muestra su amor por nosotros mientras aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros«. – Romanos 5: 8
- Jesús es nuestro Rey Salvador
Así como la mujer samaritana no comprendió totalmente quién era Jesús al principio, también necesitamos que Jesús abra nuestros ojos a la realidad de quién es Él (Salmo 146: 8, Efesios 4:18), solo en Jesús seremos salvos de nuestros pecados y renovados en Cristo (Tito 3: 5, Gálatas 2:20).
Jesús da muerte a nuestro pecado y vergüenza en la cruz y nos llama a caminar en su luz (Juan 8:12, 1 Juan 1: 7, Salmo 27: 1), Él nos da nuevos deseos y un nuevo propósito, que no se encontrará en ninguna forma terrenal, sino solo en su reino (Colosenses 3: 4-10, Mateo 6:33, Romanos 8:28).
- Nuestra vida debería desbordarse hacia la exaltación del Mesías
Cuando Jesús es nuestro Mesías, se convierte en el Señor de nuestra vida, estamos llamados a tomar nuestra cruz todos los días y seguirlo (Mateo 16: 24-26), le presentamos nuestros deseos, gracias, entendimientos, tiempo y dinero a Él (Santiago 4: 7).
Filipenses 2: 9-11 dice: «Por lo tanto, Dios lo glorificó mucho y le concedió el nombre que está por encima de cada nombre, para que en el nombre de Jesús cada rodilla se doblegue, en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y cada lengua confiese que Jesucristo es el Señor», para la gloria de Dios Padre”.
Debido a su grandioso sacrificio, nuestra vida debería glorificar su nombre (Mateo 5:16), el agua viva que se nos da tan libremente en Cristo se transforma en el nacimiento de nuestra vida (Juan 4: 13-14), venimos a Cristo para ser llenos, para ser perdonados; y el vacío que Cristo llena en nuestra vida se desborda, por lo que deseamos proclamar sus excelencias (1 Pedro 2: 9) y hacer seguidores de todas las naciones ( Mateo 28: 19-20 ).
Jesús se transforma en un tesoro para nosotros, como lo había sido para la mujer samaritana, que no podemos evitar contarles a otros sobre el gozo que ha otorgado en nuestra vida (Juan 4: 28-30). Ya no necesitamos lo mejor, porque Jesús es lo mejor que nos puede pasar.
«Y le era necesario pasar por Samaria»
Antes de que expongamos este breve versículo, es significativo que digamos algo sobre los samaritanos, lo primero que debemos pensar es su localización geográfica, en cualquier mapa bíblico del Nuevo Testamento podemos ver que en la era de Jesús, Palestina estaba dividida en tres regiones:
- Judea en el sur.
- Galilea en el Norte.
- Samaria se encontraba en la región central en medio de las dos, estas particiones expresaban las grandes diferencias culturales y religiosas que existían entre judíos, samaritanos y galileos.
Por ejemplo, los samaritanos eran una mezcolanza de judíos con personas de otras nacionalidades, la historia del origen de los samaritanos la podemos hallarla en (2 R 17:24-41).
Allí encontramos que cuando el rey de Asiria conquistó el reino del norte, trasladó a la mayoría de los judíos a otras tierras de su imperio, y pobló las ciudades samaritanas con gente que trajo de otros lugares.
Con el pasar del tiempo se produjo una mezcolanza racial, pero de igual manera religiosa, porque los pueblos que llegaron de otras regiones trasladaron sus dioses y prácticas idolátricas, que fueron anexas al culto de Jehová.
Más tarde, cuando los judíos retornaron del cautiverio en Babilonia y empezaron la reparación del templo y la ciudad, los pobladores de Samaria se opusieron a esta obra y fueron sus principales opositores (Esd 4).
Con el tiempo ellos mismos instituyeron su propio templo en Gerizim, y disponían también de ejemplares del Pentateuco, admitiendo lo revelado por Moisés, pero contradiciendo todos los demás escritos del Antiguo Testamento.
Todo esto nos da una idea de porqué «judíos y samaritanos no se trataban entre sí» (Jn 4:9), aunque de hecho, no debemos comprender sencillamente que no se hablaban entre ellos, sino que había un verdadero rencor sembrado en los corazones de ambas partes.
Tanto era así que cuando los judíos quisieron vilipendiar a Jesús, le dijeron que era «samaritano y que tenía demonio» (Jn 8:48), y como era de esperar, tampoco los samaritanos recibían a los judíos cuando pasaban por su región.
Recordemos el acontecimiento cuando en una oportunidad Jesús envió a algunos de sus seguidores a una aldea de Samaria para hacer algunos preparativos y los samaritanos no quisieron recibirlos porque su semblante era como de ir a Jerusalén, a lo que los discípulos respondieron pidiendo al Señor que cayera fuego del cielo sobre ellos y los consumiera (Lc 9:51-56).
Debido a esta rigidez en sus relaciones, cuando un judío quería trasladarse de Judea a Galilea, lo que sencillamente haría sería cruzar el río Jordán hacia el este pasando a Perea y bordearlo hasta llegar al Norte donde volvería a cruzarlo nuevamente para entrar en Galilea.
Por supuesto, éste no era el sendero más corto, pero así obviaban pasar por Samaria, lo que dada la incompatibilidad reinante, les evitaba muchos problemas y situaciones desagradables.
Habiendo dicho esto, volvemos a nuestro versículo, y vemos que nos dice que en su traslado de Judea a Galilea, Jesús reflexionó que le era preciso pasar por Samaria. ¿Cuál era la razón para ello? ¿Por qué no podía cruzar el Jordán como hacían otros muchos judíos? ¿Por qué era necesario atravesar Samaria?
En vista de los acaecimientos que posteriormente ocurrieron en ese lugar, y que este capítulo acopia, queda claro que la necesidad manifestada aquí estaba vinculada con su objetivo divino en Samaria, y especialmente con una mujer samaritana que lo necesitaba.
«Jesús, cansado, se sentó junto al pozo»
El Señor llega a una localidad de Samaria llamada Sicar, junto a la propiedad que Jacob dio a su hijo José, resulta complicado saber con exactitud a qué sitio en específico hace referencia, algunos han supuesto que la ciudad era Siquem, y por (Gn 33:18-19) sabemos que Jacob compró un terreno cerca de allí, donde los huesos de José fueron sepultados por fin (Jos 24:32).
Sin embargo, por la tradición sacra no se conoce nada de un pozo, que el sabio le diera a José y de igual forma no se puede asegura que Sicar fuera Siquem, una vez más haría falta que los estudios o expertos avancen en sus estudios.
Pero podemos señalar otro dato mucho más significativo: «Jesús cansado del camino se sentó junto al pozo», de hecho, parece que se encontraba más cansado que sus discípulos, porque él se queda a descansar mientras que ellos se dirigían a la ciudad para conseguir comida.
Probablemente debemos especular que el esfuerzo espiritual de instruir, curar y reponer que hacía el Señor, le ocasionaba un cansancio que los discípulos no logran observar no eran capaces de ver, con esto el evangelista nos quiere hacer notar que su naturaleza humana era real.
Y es llamativo que en un evangelio como el de Juan, donde tantas veces se hace hincapiés en la divinidad del Hijo, el evangelista se detiene asiduamente para enseñarnos sus reacciones humanas; por ejemplo, cuando nos dice que Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11:35), y su alma se entristeció ante la proximidad de la cruz (Jn 12:27), o su espíritu se conmovió ante la traición de uno de sus apóstoles (Jn 13:21) y tuvo sed cuando estaba en la cruz (Jn 19:28).
Fijémonos igualmente en otro pequeño detalle que también tiene indudable importancia, veamos que Jesús mando a sus seguidores a comprar algo de comer en la ciudad, por supuesto, esto no tiene nada de asombroso.
Pero cuando unos capítulos más adelante vemos que el Señor multiplicó panes y peces para dar de comer a una gran cantidad de personas hambrienta, nos preguntamos por qué no hizo Jesús en este momento un milagro similar para así no tener que esperar a que sus discípulos regresaran de la ciudad con comida y así calmar su hambre rápidamente.
La respuesta a esta pregunta es que el Señor no realizaba milagros para satisfacer sus propias necesidades, Él se apegaba al orden normal de las cosas y vivía como las demás personas, de esta manera nos enseñó también que Dios no va a hacer por nosotros lo que nosotros mismos debemos hacer, y que el fin primordial de sus milagros no es facilitarnos a nosotros la vida, sino mostrar su gloria al mundo.
«Vino una mujer a sacar agua»
Desde un punto de vista humano, podríamos creer que el único objetivo de Jesús cuando se quedó solo en el pozo era el de tener un rato de descanso mientras sus discípulos compraban en la ciudad algo de comer, pero él tenía otros planes.
Había escogido la ruta de Samaria porque estaba buscando a una mujer que le necesitaba apremiadamente, y en su sapiencia sabía que ella iría en aquella hora hasta el pozo a sacar agua.
Según parece, la hora sexta no era la más recomendada para ir a buscar agua, ya que según, esta era la única persona que había escogido ese momento del día para hacerlo, es probable que los demás optaran ir antes o después, cuando el calor del sol no fuera tan intenso.
Pero por algún motivo que tal vez luego podamos inducir, la mujer no quería compañía, algo que al Señor le ajustaba también para poder tener con ella una plática personal sin que hubiera otras interrupciones que le pudieran distraer, así pues, vemos que el Señor estaba buscando a esta mujer y escogió el momento más acorde para acercarse a ella.
De esta forma inicia aquí un encuentro que nos puede servir de ejemplo de cómo Jesús evangelizaba a los perdidos, esta fue la manera más sencilla en la que el Señor le mostro la verdad a la mujer, le mostró su necesidad espiritual, estimuló su conciencia, y le contestó a todas las interrogantes que le inquietaban su alma, para llevarla finalmente a la fe en él, el auténtico Mesías y Salvador del mundo.
«Jesús le dijo: Dame de beber»
Cuando la mujer llega aquel día al pozo, no estaba al tanto lo que Dios tenía preparado para ella, pero se preparaba a tener un encuentro con el mismo Hijo de Dios que cambiaría su vida entera.
Jesús fue quien inicio la plática, y fisgonamente la empezó solicitándole un favor: «Dame de beber», sin lugar a duda en ese momento la mujer se consideró importante, ella era la que tenía las herramientas para sacar el agua del pozo.
Es importante ver, cómo Jesús se aproximaba a los hombres y mujeres con gran sumisión, no queriendo impresionar a las personas con su magnificencia y perfección, ¡Y menos mal que lo hizo así, porque de otra forma, tanto la mujer samaritana, como cualquiera, habríamos salido corriendo de temor! Sólo hace falta acordarse del momento cuando Dios dio la ley a los israelitas en el monte Sinaí y manifestó su gloria.
En ese momento todos quedaron atemorizados y temblando (He 12:18-21), por este motivo cuando el Hijo trataba con los hombres ocultaba su gloria bajo la frágil aspecto humano para así poder aproximarse con facilidad al pecador sin atemorizarlo.
Regresando al tema, Jesús le había pedido agua a la mujer, pero ¿esta mujer querría darle de beber a este extraño y judío?
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?»
En la reacción de la mujer se nota de forma inmediata la suspicacia presente entre judíos y samaritanos, a esto hay que agregar las diferencias de sexos, porque la samaritana deja también claro que ella era «mujer», y si esto no bastara, Jesús se brincó las simulaciones sociales que eran propios de aquella cultura y que impedían que un sacerdote judío solicitara algo a una mujer.
Pero Cristo no reconoce las segmentaciones y antipatías entre los hombres, ya sea que éstas tengan su raíz en la raza, la religión, el sexo o cualquier otro ámbito, la razón es que todos los seres humanos estamos faltos de salvación por igual, así que, aunque «judíos y samaritanos no se relacionaban entre sí», Cristo trató con todos ellos.
Por lo tanto, en lo primero que la mujer se da cuenta es que este judío no era como los demás, Él sí que estaba dispuesto aproximarse a los «odiados samaritanos» y tener confianza con ellos, de todas formas, esto no sirvió para que la samaritana accediera al Señor dándole un poco de agua para su sed.
«Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber»
A pesar de la negativa de la mujer, Jesús prosigue la plática manifestándole que él tiene un agua mejor que la del pozo y que él sí que estaría dispuesto a compartirla con ella, de esta forma, y partiendo de algo material como el agua, el Señor empieza a hablarle sobre las realidades espirituales: «el don de Dios» y «el agua viva».
Pero observemos cómo presenta la situación, inicia diciéndole, «Si conocieras…», hay cierto toque de misterio que tiene como objetivo causar rareza en la mujer y obligarle a reflexionar, es una manera de incitar a la mujer para que haga más preguntas y se siga interesando por lo que Jesús le quiere decir.
Luego le habla del «don de Dios», porque la mujer no conocía el obsequio de Dios, podemos sospechar de algunos de sus pensamientos en este momento: ¿En qué consistiría este regalo? ¿Realmente Dios me quiere regalar algo? La vida es tan dura… todo hay que ganárselo por uno mismo… me resulta sospechoso que alguien me quiera dar algo sin recibir nada a cambio…
Por último le habla de sí mismo: «si conocieras quién es el que te dice: Dame de beber», aunque ella no tenía la más mínima idea, Jesús, quien en aquellos momentos estaba hablando con ella, es el regalo de Dios al mundo pecador, En él, Dios ha mostrado toda su gracia, piedad, justicia, perdón, glorificación… a favor de los hombres.
«Tú le pedirías, y él te daría agua viva»
Jesús le estaba realizando una oferta verdaderamente significativa a la samaritana, y esto a pesar de que ella le había negado a darle un poco de agua del pozo, al considerar la forma de la mujer, podemos hacernos una opinión muy pobre de ella, pero si lo pensamos bien, así es acérrimamente el ser humano.
Nos negamos a entregarle a Dios lo que por derecho y hecho le pertenece nuestras vidas, y aun así él sigue buscándonos para ofrecernos su regalo precioso, el «agua viva».
¿En qué consiste este «agua viva»? Bueno, el pozo de Jacob junto al que estaban sosteniendo su plática se llenaba con el agua de la lluvia que rebosaba el terreno, era una especie de cisterna con agua buena, pero de ninguna manera se podría comparar con el agua de un manantial que brota asiduamente siempre con agua fresca.
Desde luego, todo esto era sencillamente una ilustración de las verdades espirituales que Cristo quería conllevar con la mujer y que a la final señalaba a la vida eterna con todas sus bendiciones inagotables.
Cualquiera fuese el caso, es importante notar también que aunque este «agua viva» está a la disposición de todos los seré humanos de manera completamente gratuita, sólo aquellos que la piden se podrán apropiar de ella.
«La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla»
Evidentemente, la mujer no entendió el lenguaje espiritual que Jesús estaba empleando, ella desconocía que aquel judío con el que estaba conversando era el Salvador del mundo, y tampoco alcanzaba entender la grandeza de la salvación que le estaba brindando gratuitamente.
Para ella Jesús era un judío pobre, fatigoso, con las manos vacías, ansioso… ¿Qué podía brindar? al contrario, ella era una mujer autosuficiente, que contaba con las herramientas necesarias para ayudarle a él a tranquilizar su sed.
El asunto, por lo tanto, era quién precisaba a quién, Jesús a la samaritana o la samaritana a Jesús, la mujer sólo veía en Jesús a un viajero desamparado, sin recursos para obtener agua del pozo y calmar así un poco la sed.
Y de la misma forma, muchos siguen negándose a creer en un Cristo crucificado, convencido, que en sus últimos momentos de vida volvía a repetir en medio de su atribulación la misma frase: «Tengo sed» (Jn 19:28).
No logran ver que tras su sensibilidad se hallaba el mismo Hijo de Dios, que brinda a la misericordia la vida eterna, hoy, igual que ayer, los hombres se creen autosuficientes, piensan que no necesitan a Dios, y que en tal caso, si llegaran a creer en él, serían ellos los que le harían un inmenso favor a él.
«¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?»
Sin embargo, a pesar de su fragilidad, parece que la mujer estaba comenzando a percibir una autoridad inusual en Jesús y quizá por eso asumió una actitud defensiva: «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?».
Como ya sea mencionado, la historia bíblica no nos brinda detalles sobre de ningún pozo que Jacob diera a sus descendientes en la tierra de Palestina, pudiera tratarse de una costumbre, pero en cualquier caso, la mujer la aprovechó para comparar a Jesús con Jacob, y por supuesto, colocarlo en un plano de clara inferioridad.
¿Quién se pensaba que era este joven judío para ofrecer un «agua viva» mejor que la que salía del pozo dado por el mismo Jacob?
Los samaritanos se sentían jactanciosos de su padre Jacob, del cual aspiraba descender a través de sus hijos Efraín y Manasés, y aunque sus vecinos judíos pudieran discutir este punto, no cabe duda de que también para ellos la figura de Jacob, el padre de la nación judía, era tenido en muy alta estima.
Así pues, el asunto que la mujer planteó es importante: ¿Es Jesús mayor que el mismo Jacob, el padre de la nación judía? ¿Quién es Jesús?
«Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed»
La respuesta del Señor elimina toda duda que él era incomparablemente mayor que Jacob, lo primero que hace es enseñar a la mujer que el agua del pozo que Jacob les había brindado, no podía sosegar definitivamente su sed, en realidad, Jacob era un hombre y todo lo que podía darle eran objetos materiales, como el agua, que nunca puede dejar plenamente satisfecho al hombre.
El alma humana tiene enorme necesidades y muy profundas que nada material puede saciar, y todos los que vivimos en sociedades materialistas sabemos que es una realidad, el hombre de nuestros días se pura por tener nuevas cosas en un intento desesperado por llenar su vida pero sin llegar a conseguirlo nunca.
De hecho, cada vez necesita más cosas y vivencias más fuertes para llenar el vacío que asiduamente está progresando en él, todos nosotros deberíamos pensar siempre las palabras de Jesús: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed».
A esta altura de la plática, la mujer tuvo que pensar obligatoriamente en su propia experiencia: ¿Acaso se sentía compensada con su vida? ¿No hallaba que su espíritu cada vez estaba más sedienta? ¿No era verdad que la religión le había dejado vacía y frustrada sin dar contestación a sus necesidades espirituales? Allí se encontraba ante el pozo del patriarca Jacob, ¿y de qué le había servido beber de esa agua por tanto tiempo? ¿En qué había cambiado su vida?
«Más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás»
Una vez enseñada las limitaciones de lo que Jacob, o cualquier otro hombre puedo brindarle a sus similares, el mismo Señor hizo su ofrecimiento: «Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna».
Jesús hace aquí una promesa universal, ya que sólo él puede llenar completamente el vacío de nuestro interior y brindarnos una prosperidad perpetua, aunque esto no ocurrirá hasta que le entreguemos nuestras vidas.
Así pues, frente a las aguas estancadas del pozo de Jacob, el Señor ofrece un manantial de agua saltando, como más adelante se explica, estaba haciendo referencia al Espíritu Santo que él daría a todos los que creyeran en él.
(Jn 7:37-39) «En el último y gran día de la celebración, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba, el que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva, esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él…»
Y esta oferta continua vigente para todos los hombres y mujeres en cualquier parte, así nos lo recuerda también el libro de Apocalipsis justo al terminar.
(Ap 22:17) «…El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente»
«Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla»
Al fin las palabras de Jesús habían conseguido despertar la curiosidad de la mujer, que en ese momento le llega a pedir que le dé esta nueva clase de agua, sin embargo, parece que no había oído las últimas palabras de Jesús: «una fuente de agua que salte para vida eterna».
Ella no dejaba de pensar en el agua tal como se conoce, pero Jesús se refería a realidades espirituales y eternas, ella pensaba en su propio bienestar al no tener que ir hasta el pozo cada día a buscar el agua, pero el Señor le estaba brindando la vida eterna, la mujer samaritana es un buen ejemplo de las dificultades que el hombre natural tiene para entender la Palabra de Dios.
«Jesús le dijo: Vé, llama a tu marido, y ven acá»
Repentinamente, Jesús da un vuelco inesperado en la plática, solicitándole que llamara a su marido, ¿Qué necesidad había de que él viniera para que ella lograra recibir el agua de vida? Bueno, en realidad su presencia no era necesaria en este aspecto, puesto que cada persona puede tener un encuentro personal con Jesús indistintamente de lo que hagan los que le rodean, incluidos sus cónyuges en el caso de que la persona esté casada.
Por lo tanto, el propósito del Señor era otro, Él quería que comprendiera que no se puede gozar de los beneficios del evangelio sin que antes se enfrente el pecado con confesión y remordimiento, y sin duda, la samaritana, al igual que todos nosotros, tenía muchas cuentas pendientes en este aspecto.
Así que el Señor, perfecto conocedor de la vida de esta mujer, llamó su atención sobre algo que a ella le generaba un gran dolor y desgracia especial, su frustración matrimonial y su inmoralidad sexual.
Claramente, toda la existencia de esta mujer era como un texto abierto frente del Señor, la samaritana estaba enterándose que no había nada que pudiera esconderle, y el Señor utilizo esta capacidad para lanzar luz sobre los repliegues de su conciencia con el objetivo de enseñarle que tan grande era la necesidad que tenía de purificación y perdón.
«Respondió la mujer y dijo: No tengo marido»
La mujer respondió de una forma un tanto violenta y cortante: «No tengo marido», parece que se había puesto en guardia, tenía recelo de ser descubierta y expuesta a la luz, pero ¿por qué le molestaba el tema? no tener marido no es ningún pecado, podía estar soltera, o incluso ser viuda, y no por eso debería sentirse señalada.
Pero tanto ella, como el Señor, sabían que su respuesta era sólo una media verdad, así que, ante la sorpresa de la mujer, «Jesús le dijo: lo has dicho bien: no tengo marido, porque cinco maridos has tenido, y el que tienes ahora no es tu marido; esto has dicho con verdad», el Señor fue directo al asunto, y no lo disfrazo ni lo adornó.
Llamó a las cosas por su nombre y con eso puso al descubierto las imperfecciones de su vida moral, por supuesto, esto tuvo que ser muy triste para ella, pero sólo cuando la persona comienza a vivir su culpa y fracaso, es cuando Dios puede hacer algo por el bien de su alma, sólo quien se reconoce enfermo va al Médico (Lc 5:31-32).
Y como podemos observar, la mujer samaritana vivía verdaderamente muy afectada y urgida, por una parte tuvo cinco maridos, la misma cantidad de matrimonios, probablemente en rápidos proceso, muestran su fracaso y tragedia.
Para finalmente y dejando a un lado la «formalidad» del matrimonio, la mujer estaba viviendo con un hombre con el que no estaba casada, y aunque ella quisiera justificar, algo que no parece que hiciera, estaba viviendo en pecado.
Todo esto demostraba el bajada moral que desde hacía tiempo aquella mujer había vivido, y es probable que además del sufrimiento que sus incesantes fracasos matrimoniales le generaban, tenía que agregar también el rechazo de sus vecinos, motivo por la cual habría ido a aquellas horas de tanto calor a buscar agua del pozo para así no tener que sufrir sus miradas acusadoras.
Habiendo llegado a este punto, es significativo que nos demos cuenta de cómo valora el Señor ciertas conductas que han llegado a ser «normales» en la actualidad, por un lado están aquellos que amontonan divorcios y nuevos matrimonios, la idea de una unión para toda la vida parece haber quedado vieja en la mente de la mayoría.
Los comediantes, trovadores y deportistas son los que ahora parecen crear el carácter de las nuevas sociedades, y ¿cuál de ellos no tiene dos o tres matrimonios a sus espaldas? Quizá se nos muestren como líderes de la libertad, pero según la manera en la que el Señor trató el asunto con la mujer samaritana, todo esto no hace sino resaltar a la luz su declive y su vacío existencial.
Y por otro lado, existen aquellos que «pasan» del matrimonio y conviven con un hombre o una mujer sin legalizar su situación, notemos que tampoco esto fue aceptado por el Señor, sigamos el ejemplo de Jesús que llamó a las cosas por su nombre.
Y tomemos también buena nota de que al intentar ganar almas para Cristo, nunca debemos de evitar el asunto del pecado, sólo los que aceptan que están perdidos pueden ser salvados, pero ¡cuántos pocos son los que están dispuestos a admitir su posición!
«Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta»
El conocimiento de la vida íntima de la mujer fue una declaración de la conocimiento absoluto del Señor, (He 4:13) «Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.»
La mujer no contradice lo que Jesús la había dicho, sino que más bien no puede ocultar su asombro y sorpresa, llegando a reconocer la posibilidad de que Jesús fuera profeta, y esto es muy revelador, porque como ya hemos dicho, los samaritanos sólo creían en el Pentateuco.
Es decir, los cinco primeros textos de la Biblia, por lo tanto, ellos no esperaban un rey, sino un profeta (Dt 18:15), así que, cuando dijo que le parecía que Jesús era profeta, estaba expresando que había comenzado a sospechar que él era alguien realmente muy trascendental.
«Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén»
Todos ofrecemos algo de oposición cuando tenemos que aceptar nuestros pecados o reconocer nuestros fracasos, probablemente por este motivo la mujer intentó en ese momento desviar la conversación de su situación personal a una disputa teológica muy de moda en aquel entonces, «Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que es en Jerusalén el lugar donde se debe adorar«.
No sabemos cuál era el verdadero interés que la samaritana tenía en esa discusión, como decimos, es probable que sólo era una forma de tapar su doloroso fracaso personal, pero quizás estaba también manifestando el fracaso que la religión le generaba en su intento de conocer el camino a Dios.
Aunque pueda parecer extraño, muchas personas señalan a la religión de su falta de fe, en ocasiones hemos escuchado a las personas lamentarse y decir, «Yo creo en Dios pero no en la religión», estas son personas, que como la samaritana, se sienten confundidas por la religión.
«Vosotros adoráis lo que no sabéis»
Ahora bien, el Señor no evita en ningún momento entrar en el tema, sino que lo abordó de frente, dando una aspecto divino al problema, y tenemos que decir que nos interesa mucho su respuesta, porque el asunto planteado por la samaritana sigue teniendo plena vigencia.
Muchos se preguntan: Si sólo existe un Dios, ¿por qué entonces existen tantas religiones?, ¿cuál es la religión verdadera? ¿Dónde debemos adorar? Por otra parte muchos sacan la conclusión de que en todas las religiones hay algo de cierto y que lo que debemos hacer es extraer lo mejor de cada una de ellas.
Hay quienes piensan que lo importante es creer en algo, ¿Qué dijo el Señor Jesucristo sobre de este asunto? Pues con la claridad que le definía, se dirigió a la mujer samaritana en estos términos, «Vosotros adoráis lo que no sabéis, nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos».
En la discusión sobre cuál era el sitio correcto para adorar, los judíos aseguran que Dios había escogido a Jerusalén, mientras que los samaritanos habían construido un templo alternativo en el monte Gerizim, El Señor no dejó lugar a la duda.
No dio una respuesta confusa, sino que de una manera que a nosotros nos puede parecer incluso hasta brusca, dijo que los samaritanos adoraban lo que no sabían, era una forma de decir que estaban completamente errados y que lo que estaban haciendo no le agradaba a Dios.
A la hora de adorar, no todo es válido, y los samaritanos habían olvidado algo muy transcendental, la Palabra de Dios, el Antiguo Testamento decía que los israelitas debían adorar en el lugar que Dios escogiere para poner su nombre.
(Dt 12:5) «El lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ese buscaréis, y allí iréis,» y en muchos sitios de la escritura Dios aseguro que era Jerusalén la ciudad escogida para este fin.
«A Jerusalén he elegido para que en ella esté mi nombre»
¿Cuál era el fundamento del problema de los samaritanos? Pues que sólo aceptaban una parte de la manifestación, en específico lo dicho por Moisés en el Pentateuco, por lo tanto, al rechazar el resto de la Palabra, habían llegado a «adorar lo que no sabían».
En este aspecto, a pesar de que habían obtenido grandes ventajas sobre las otras naciones idólatras, al final se hallaban tan lejos de la auténtica adoración como los fanáticos atenienses, a los que el apóstol Pablo encontró adorando delante de un altar que tenía la siguiente inscripción, «Al dios no conocido» (Hch 17:23).
Llegamos pues a la terminación de que no es posible adorar apropiadamente a Dios si no conocemos su Palabra, a esto hacía referencia Jesús cuando más adelante dijo que «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en verdad». Tenemos que recapacitar muy seriamente sobre este tema, porque se puede ser un falso adorador si tenemos un conocimiento escaso de la Palabra.
«Porque la salvación viene de los judíos»
La gracia y la simpatía del Señor no le imposibilitaban expresar la verdad, aun cuando ésta no fuera del agrado del oyente, así pues, aseguro de forma categórica algo que a la mujer samaritana seguramente no le agradó: «La salvación viene de los judíos».
Esto implicaba obligatoriamente que los samaritanos estaban errados en el sendero que seguían en su búsqueda de la salvación, esta es un serio aviso para todos nosotros, porque contrariamente a lo que muchos piensan, no todos los senderos conducen a la salvación.
Ahora bien, ¿en qué sentido la salvación viene de los judíos? ¿Cómo debemos comprender estas palabras de Jesús? Esta aseguración se fundamenta en el hecho de que Dios había dado su manifestación especial por medio de los judíos.
Ellos habían sido elegidos por Dios como una herramienta a los fines de recibir, guardar y transmitir la Palabra de Dios, y sólo por medio de la revelación de Dios podemos saber con precisión cuál es el sendero trazado por él para la salvación.
(Ro 3:1-2) «¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas formas, primero y ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios», pero aún más significativo que esto, el Salvador del mundo sería alguien que vendría de la descendencia de Abraham, las Escrituras lo anunciaban con claridad.
(Ro 9:4-5) «Son israelitas, de los cuales son la adopción, el goce, el pacto, la divulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.»
Por lo tanto, los samaritanos estaban errados cuando esperaban que la salvación viniera por medio de su pueblo, el Salvador del mundo es judío, ahora bien, nos podemos imaginar la negativa que ellos brindarían para reconocer como su Salvador a un judío.
Sin duda, el aborrecimiento que se deseaban entre ambos pueblos sería un grave obstáculo para ello, y algo similar les pasa hoy en día a una gran cantidad de árabes que no pueden admitir que la salvación eterna de Dios viene de los judíos.
«Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías»
El aprendizaje que la mujer acababa de recibir, generaron en ella una gran y profunda impresión, hasta el punto de que comenzó a creer en el Mesías, aquel que cuando viniera les declararía todas las cosas.
Y muy posiblemente, algo dentro de ella misma le estaba diciendo que de hecho, aquel judío que se había aproximado a ella para solicitarle agua al lado del pozo de Jacob, pudiera ser el Mesías que esperaban.
En fin y al cabo, ¿no le había declarado con toda claridad cuál era su estado moral, y además había dado explicación a todas sus dudas religiosas? Parece que en su mente y corazón empezó a crearse este vínculo entre Jesús y el Mesías.
De hecho, así se lo planteó a los samaritanos de la ciudad un poco más tarde: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?» (Jn 4:29), en cualquier caso, a la mujer no le quedó ninguna incertidumbre sobre este teme cuando Jesús mismo le explicó que él era el Mesías: «Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo».
Debemos parar un instante en este punto, porque esta es la única oportunidad en que nuestro Señor hizo una declaración tan clara de su naturaleza y su misión mesiánicas, y nos asombra que escogiera para ello a una mujer samaritana e inmoral.
Pero esto es lo que dice Jesús, (Mt 11:25-26) «En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.»
No se manifestó a Nicodemo, el principal entre los judíos, tampoco lo hizo a los eruditos escribas, ni a los estrictos fariseos, fue a una mujer de Samaria, por otro lado, también es significativo tomar en cuenta la manera precisa de esta declaración. Jesús dijo, «Yo soy», por supuesto, gramaticalmente esta sobreentendido que quería decir «Yo soy el Mesías».
Pero ningún entendido del Pentateuco podría dejar de relacionar estas palabras de Jesús con aquellas con las que Dios se le presentó a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3:13-14), de hecho, esta es la primera aparición de la palabra «Yo soy» que Jesús usa muchas veces en el evangelio de Juan para revelar su verdadera naturaleza. Esto lo iremos viendo más adelante.
«En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer»
¿Cuál fue el motivo por la que los discípulos se maravillaran que Jesús estuviera conversando con una mujer? Bueno, en nuestra cultura esto suele ser muy normal, pero entre los judíos existía un mandato rabínico que decía: «Nadie hable con una mujer en la calle, ni con su propia esposa».
Y los discípulos consideraban a Jesús como un rabí, por lo tanto, les pareció que estaba procediendo por debajo de su decoro, sin embargo, ninguno le manifestó nada debido al respeto y la reverencia que sentían por él.
«Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad»
Mientras, la mujer huyó rápidamente de la escena y fue a la ciudad, el predicador vio que dejó allí su ánfora, un detalle que es muy revelador, ¿Qué podemos pensar de este hecho?, una posibilidad es que la mujer dejara el cántaro para que Jesús bebiera agua, al fin y al cabo, a pesar de la sed de Jesús y su petición, ella todavía no le había dado agua.
Pero aunque esto es posible, seguramente dejó el ánfora allí con el fin de llegar más rápido a la ciudad, puesto que como a continuación veremos, había comenzado a sentir la necesidad urgente de comunicar a todos el descubrimiento que acababa de hacer.
No es difícil comprender que su corazón estaba rebosando de alegría por todo lo que había escuchado y por lo tanto, llevar el ánfora con ella sólo serviría para atrasarla, por otro lado, era un claro indicio de que tenía la intención de regresar a donde estaba Jesús.
Además, es encantador observar que repentinamente su propiedad material dejaba de ser tan importantes como la persona de Jesús, una prueba significativa de que la semilla sembrada en ella por el Señor comenzaba a germinar.
Otra prueba más de esto último fue la necesidad que de repente comenzó a tener de compartir con los habitantes de su ciudad las verdades que acababa de confesar sobre Jesús, el Salvador del mundo, ante gran maravilla no podía estar en silencio, y esto es también una hermosa prueba de la nueva vida en Cristo.
«Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?»
De aquí en adelante tenemos el argumento que la mujer dio en su ciudad acerca de Jesús, es substancialmente interesante notar la destreza con la que se dirigió a sus paisanos, no asumió una actitud de superioridad, aseverando haber encontrado al Cristo, sino que con una percepción de mujer muy fina produjo en ellos la curiosidad, «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho, ¿No será éste el Cristo?», también de esta referencia podemos aprender mucho a la hora de dar testimonio a otras personas.
En cualquier caso, es indudable que la vida libertina que esta mujer llevaba era bien conocida en la ciudad, así que también era de suponer que no sería tomada muy en serio por sus paisanos, sin embargo, ella optó la misma estrategia que Felipe había usado antes con Natanael.
«Ven y ve» (Jn 1:46), ciertamente sus palabras no tendrían ninguna autoridad, y menos en asuntos espirituales, pero ella estaba segura de que si lograba poner en contacto a estas personas con Jesús, ellos mismos serían finalmente convencidos, como así ocurrió unos días después (Jn 4:42).
¡Qué fastuoso ejemplo de un legítimo evangelista! La mujer no conocía mucho del evangelio, pero en su ingenuidad logró interesar a otros para que fueran donde estaba Jesús.
«Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come»
Como recordaremos, mientras Jesús se quedó reposando junto al pozo, los discípulos habían ido a la ciudad para conseguir de comer, ahora, una vez que regresaron, les extrañó que Jesús no quisiera comer, no conseguían entenderlo, pero como siempre, el Señor estaba tratando de enseñarles algunas verdades significativas relacionadas con su Reino.
Con su conducta estaba poniendo de manifiesto la gran importancia que para él tenía el acatamiento de la misión sagrada que le había sido encargada por el Padre, tanto era así que llegó a decir: «Mi comida es que haga la voluntad del que envió, y que acabe su obra», una vez más estaba empleando la fachadas como el hambre y la sed físicas para enseñar que la verdadera satisfacción de las necesidades más profundas del hombre se encuentra en hacer la voluntad de Dios.
Así que, el Señor desatendía el alimento material por el interés que tenía en la obra que el Padre le había confiado, aquí tenemos un buen motivo por la que nosotros también debemos practicar el ayuno.
«Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra»
Ahora bien, tal vez pudríamos especular que en ese momento no habría supuesto ningún problema que él dedicara un poco de tiempo para comer, al fin y al cabo, la mujer ya no estaba, y los samaritanos todavía iban a tardar un tiempo hasta que llegaran, ¿Por qué no aprovechar para reponer fuerzas mientras tanto?
Es probable que a nosotros nos es difícil de comprender su comportamiento, desdichadamente pensar en hacer «la voluntad del Padre» normalmente encuentra en nosotros una fuerte resistencia, nada semejante a la satisfacción y el goce que suponían para Cristo, cuando él tenía delante la oportunidad de llevar el evangelio a un perdido, se olvidaba del agotamiento, la sed y el hambre, Jesús vivía para obedecer al Padre, si nosotros pudiéramos decir honestamente lo mismo!
La comida divina que sostenía al Hijo radicaba en «hacer la voluntad del que le envió» y en «acabar su obra», esto le llevó a enseñar el evangelio a la mujer samaritana, pero igualmente al resto de los samaritanos que en poco tiempo fueron a su encuentro.
Aun así, en último término, el hecho de «acabar la obra» confiada por el Padre le llevaría a morir en una cruz por los pecadores, y fue en aquellos minutos donde se puso a prueba de la forma más viva posible su fervor al Padre y su deseo de hacer su voluntad sin importar el precio.
En este sentido adquieren un valor específico las palabras con las que Jesús se dirige al Padre en el huerto de Getsemaní, «Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti, aparta de mí esta copa, mas no lo que yo quiero, sino lo que tú» (Mr 14:36).
«Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega»
Pero en este instante, terminar su obra involucraba atender a los samaritanos de la ciudad que estaban tomando el testimonio de la mujer, y el Señor con su espera nos muestra la importancia de terminar lo que empezamos.
Ciertamente, los discípulos no entendían la urgencia de la obra que el Señor estaba haciendo, por eso he aquí un proverbio que ellos a ciencia cierta utilizaban en aquel tiempo, «¿No decís vosotros, aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo, Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega».
El proverbio quiere decir que había un tiempo de varios meses entre la siega y la siembra, por lo que se podía actuar sin apuros, esto suena al tipo de excusas que nosotros damos regularmente, «mis compañeros no tienen interés en Dios, ya les hablaré en otro momento más oportuno», «debo conocerlos mejor antes de hablarles», «aún no ha llegado el momento».
Pero frente a esta condición, el Señor observaba que los campos ya estaban preparados para la siega, parece que imaginaba a los samaritanos que salían de la ciudad buscándole como espigas de trigo maduras, listas para la recolección.
Era el instante de aprovechar los efectos del testimonio de la mujer, si se demoraba el trabajo, se podía desperdiciar la cosecha, esto nos muestra que hay que aprovechar cualquier oportunidad que el Señor nos da porque puede no volver nunca.
«Para que el que siembra goce juntamente con el que siega»
Siguiendo con el mismo ámbito, el Señor describe la variedad de las distintas fases: «Los que labraron… el que siembra, el que cosecha».
Quizá podemos reconocer a los segadores como los profetas del Antiguo Testamento, que llevaron a cabo un trabajo preliminar, de estimular conciencias, de aguantar en días malos, de predicar la palabra en oídos sordos, esto fue un trabajo ingrato y muy duro, pero sin ello no se podría haber llevado a cabo la siembra y la siega.
Luego viene la siembra, en ella supuestamente se pierde el grano que se lanzan en el campo, pero es una trabajo igualmente necesario si se quiere ver fruto.
Por último llega la cosecha cuando se recoge «fruto para vida eterna», y esto indemniza todos los esfuerzos anteriores.
Ahora bien, aunque hay varias fases, se acentúa la unidad del proceso total, de tal forma que no sólo reciben recompensa los que recolectan, sino que «el que siembra goza juntamente con el que cosecha».
Por otro parte, tal como el Señor lo enseñó, se apunta otro principio significativo, que es el de la cooperación, unos prepararon el terreno, otros sembraron y finalmente otros recolectaron, cada uno de nosotros tenemos una parte que hacer en la obra de Dios.
No competimos, sino que debemos ayudar y trabajar unidos, por todo esto, si alguno es desleal, la obra sufrirá pérdida, porque nadie tiene exactamente las mismas oportunidades y dones que otro.
«Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer»
El Señor había puesto la Palabra en la mujer samaritana, y ahora los apóstoles se tenían que alistar ahora para recoger el fruto de una muchedumbre de samaritanos que llegaron a creer en el Señor a través del argumento de ella.
Y no sólo esto, sino que seguramente también podemos crear un vínculo entre este suceso y la tarea que Felipe el evangelista llevó a cabo entre los samaritanos algunos años posteriores y que hallamos contados en el libro de Hechos de los Apóstoles (Hch 8:5-8).
En ese caso, Felipe recolectó donde Jesús había sembrado. ¡Qué tan grande pudo ser el radio de acción, pudo ser alcanzado por un pequeño fuego!, por lo tanto, vemos que la obra entre los samaritanos tuvo una gran influencia, pero no olvidemos que Dios usó para su inicio a una mujer inmoral y seguramente rechazada por sus propios conciudadanos.
De esta forma observamos nuevamente que Dios se complace en utilizar herramientas débiles para llevar a cabo su obra, con regularidad muchos de nosotros somos tentados a pensar que para iniciar una gran obra es necesario hacer un gran despliegue de medios en periódicos, televisión, actos públicos sofisticados, invitación a las personalidades de la ciudad.
Pero Jesús buscó una plática personal con alguien intrascendente, sin relevancia social, y este fue justamente el inicio de un gran movimiento espiritual entre los samaritanos, ¡cuánto tenemos que aprender de todo esto! «Y decían a la mujer”, ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos»
No cabe duda de que el argumento de la mujer resultó muy impresionante a todas las personas que la conocían en su ciudad, un cambio tan radical tuvo que llamarles irreparablemente la atención, y aún más la fuerza, el delirio y la certeza con que hablaba de Jesús, esta fue el primer motivo por la que los samaritanos creyeron en Jesús, y regularmente, siempre es así, llegamos a Jesús porque alguien nos habló de él.
Nuevamente se promovió el primer encuentro entre Jesús y los samaritanos, ellos debieron comprobar prontamente que había algo especial en él, de tal forma que contra toda profecía «le rogaron que se quedase con ellos», algo a lo que el Señor accedió, esto era algo asombroso, puesto que como ya vimos al inicio del capítulo, los judíos y los samaritanos no se trataban entre sí.
Fue entonces cuando ellos lograron conocer personalmente a Jesús, y en su propio estudio llegaron al desenlace de que él era «el Salvador del mundo, el Cristo», y aspiraron a dejar claro que aunque primeramente se habían acercado a él por el testimonio de la mujer, supremamente llegaron a creer porque ellos mismos habían oído a Jesús personalmente.
Y cada hombre debe llegar igualmente a su propio encuentro personal con él, nuestra fe no puede estar puesta en lo que los demás nos han dicho de él, sino en la «palabra de él», al final del pasaje todos los samaritanos estaban de acuerdo en que Jesús era el «Salvador del mundo»,
Este también fue un paso muy significativo, sobre todo si tenemos en cuenta las diferencias religiosas que existían entre judíos y samaritanos, ellos llegaron a comprender y admitir que Jesús no era un Mesías únicamente de los judíos, sino del mundo entero, ahora entendemos por qué le era preciso caminar por Samaria.
Para comprender plenamente la historia de la mujer en el pozo, es importante comprende quiénes eran los samaritanos, un pueblo de raza mixta, que se había casado con los asirios siglos antes, los judíos los odiaban por esta mezcla cultural y porque tenían su propia versión de la Biblia y su propio templo en el monte Gerizim.
La mujer samaritana que Jesús conoció enfrentó las ofuscaciones de su propia sociedad, vino a buscar agua en la parte más caliente del día, en lugar de los horarios normales de la mañana o de la tarde, porque las otras mujeres de la zona la despreciaban y rechazaban por su inmoralidad, Jesús ya sabía de su historia pero aún la aceptaba y le ministraba.
Al acercarse a los samaritanos, Jesús mostró que su tarea era para todas las personas, no solo para los judíos, en el libro de los Hechos, luego de la ascensión de Jesús al cielo, sus apóstoles prosiguen su labor en Samaria y al mundo gentil, Cáusticamente, mientras el sumo sacerdote y el Sanedrín rechazaron a Jesús como el Mesías, los samaritanos rechazados lo reconocen y lo aceptaron por lo que realmente era, el Señor y el Salvador.
El Evangelio de Juan, como el Evangelio de Lucas, son propicio a los samaritanos en todo momento, mientras que el Evangelio de Matthaean cita a Jesús en una período temprano de su ministerio, expresando a sus discípulos que no evangelicen en ese tiempo ninguna de las ciudades de los samaritanos, esta restricción claramente había sido revertida más tarde en el tiempo de Mateo 28:19.
Los sabios rezagan en cuanto a si las referencias samaritanas en el Nuevo Testamento son verdaderas, una opinión es que el Jesús histórico no tuvo contacto con los samaritanos, otra es que las cuentas se enaltecen al mismo Jesús, tenga en cuenta que en Hechos 1: 8 , Jesús promete a los apóstoles que serán testigos de los samaritanos.
Interpretaciones
Los eruditos han señalado que esta historia parece estar inspirada en una » escena tipo » de compromiso estándar de la escritura hebrea, particularmente la de Jacob en Génesis 29, esta convención, que habría sido familiar para los lectores judíos, a partir de una anterior escena en la que Juan el Bautista compara su relación con Jesús con la del amigo de un novio.
Jo-Ann A. Brant, por ejemplo, concluye que hay «casi consenso entre los críticos literarios de que la escena en el pozo de Jacob sigue las convenciones de la escena de tipo de compromiso que se encuentra en la narrativa hebrea», otros estudiosos notan diferencias significativas entre Juan 4 y las escenas de tipo de compromiso en la Biblia hebrea.
Por ejemplo, Dorothy A. Lee, enumera varias discrepancias entre las escenas de compromiso hebreas y Juan 4: “la mujer samaritana no es una joven virgen judía y no tiene lugar ningún compromiso; el pozo no se preocupa por la fertilidad sexual sino que es una imagen de salvación (ver Isa. 12: 3); Jesús se presenta no como un novio sino como un dador de agua viva”.
Este episodio del Evangelio se conoce como «un paradigma para nuestro compromiso con la verdad», en el libro de la Curia romana una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, ya que el diálogo dice: «Adoras lo que no sabes, adoramos lo que sabemos» y ofrece un ejemplo de «Jesucristo, el portador del agua de la vida».
Los pasajes que comprenden Juan 4: 10–26 a veces se denominan el discurso del Agua de la Vida , que forma un complemento del discurso del Pan de Vida, en la tradición cristiana oriental, se desconoce el nombre de la mujer en el momento de su encuentro con Jesús, aunque más tarde fue bautizada «Photini».
Ella es celebrada como una santa de renombre, como se relata en Juan 4: 28–30 y Juan 4: 39–42 , ella se apresuró a difundir la noticia de su reunión con Jesús, y a través de esto muchos llegaron a creer en él, se dice que su testimonio continuo ha llevado a tantos a la fe cristiana que se la describe como » igual a los apóstoles «.
Ella es celebrada como una santa de renombre, como se relata en Juan 4: 28–30 y Juan 4: 39–42 , ella se apresuró a difundir la noticia de su reunión con Jesús, y a través de esto muchos llegaron a creer en él, se dice que su testimonio continuo ha llevado a tantos a la fe cristiana que se la describe como » igual a los apóstoles «.
Jesús sana al hijo de un noble
Dos días posteriores, salió de allí y fue a Galilea, ya que el mismo Jesús dio demostración de que el profeta no tiene honra en su misma tierra, cuando llego a Galilea, los galileos lo reciben, habiendo observado todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la celebración, ya que también ellos habían asistido a esa celebración, vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había transformado el agua en vino, y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.
Este oficial, cuando se entera de que Jesús había llegado a Galilea, fue a donde se encontraba y le pidió que descendiese y curase a su hijo, que estaba pronto a fallecer, Jesús le dijo, si no viereis señales y prodigios, no creeréis, el oficial del rey le dijo, señor, desciende antes que mi hijo muera, Jesús le dijo, ve, tu hijo vive, y el hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo, y se fue.
Cuando ya él descendía, sus subalternos salieron a recibirle, y le dieron las nuevas, tu hijo vive, entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor, y le respondieron, ayer a las siete se le quito la fiebre, el padre entonces comprendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho, tu hijo vive, y creyó en él con toda su casa, esta fue la segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.
Después de ver esta gran reflexión de jesús y la samaritana, te invitamos a que visites los siguientes enlaces:
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