Niños Mártires de Tlaxcala: ¿Quienes fueron? y su historia

La fe mueve montañas, y hoy en día la religión católica es la principal corriente cristiana más practicada, sus fieles creen y hacen testimonio de ella, y esto viene ocurriendo desde los inicios del cristianismo, pero en sus orígenes los seguidores sufrieron persecuciones y muertes por defender firmemente dichas creencias y convicciones, por lo que este post estará dedicado a los niños mártires de tlaxcala que fueron los primeros laicos católicas de América.

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Niños Mártires de Tlaxcala

Los niños mártires de Tlaxcala son tres niños reconocidos en la iglesia católica por su labor en la religión, en donde a través de la firmeza de su fe y su labor de abogar la causa del catolicismo, fueron y son ejemplares para todos los creyentes.

Estos mártires son conocidos por ser los primero seculares católicos del continente americano, en donde se visualiza su vida en México, y padecieron del martirio por defender y resguardar a la fe de la iglesia católica.

Los niños mártires de tlaxcala, como se mencionó previamente, son tres y sus nombres son Cristóbal, Antonio y Juan, estos fueron los primeros evangelizados por mano de los frailes franciscanos y dominicos posterior a la conquista del continente americano.

A continuación se explicará brevemente sobre la vida de cada uno de ellos.

Reseña Histórica de Cristóbal

Este niño mártir de tlaxcala nació en Atlihuetzia en México, (desconocida su fecha de nacimiento).

Los monjes franciscanos le decían Cristobalito, y fue martirizado en el año 1527 D.C. con la edad de 12 o 13 años aproximadamente.  Su padre fue el cacique Acxotécatl y su madre Tlapaxilotzin (primera esposa de su padre).

Al ser el hijo mayor del cacique, en el año 1524 fue enviado junto a sus medios hermanos Bernardino, Luis y otro más (el cual se desconoce el nombre) con los monjes con el objeto de enseñarle la palabra de Dios y así iniciar el proceso de evangelización en ellos.

Esta misión de evangelización fue llevada a cabo por los primeros 12 predicadores franciscanos que llegaron a las tierras de México a inicios de la colonización, por lo tanto fueron los maestros de Cristóbal que lo instruyeron en la religión católica y posteriormente lo bautizaron.

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Como bien se sabe, la iglesia católica tenía como misión evangelizar y predicar el cristianismo a los aborígenes indígenas en esta época de la humanidad.

Por ende los misioneros al instruir a Cristóbal buscaron que este posteriormente convirtiera a su padre, su familia y al pueblo al que pertenecía en cristianos, ya que por su cultura aún mantenían ciertos rituales de su antigua creencia.

Cristóbal se convirtió en un fiel creyente del catolicismo, lo que ocasionó que la misión de la iglesia católica fuese traspasada a éste de forma natural, y al predicar la palabra de Dios a su pueblo buscaba convencerlos de la firmeza de ella.

Pero las palabras no fueron suficientes, por lo que tuvo que aplicar acciones sustanciales en donde rompió  las figuras simbólicas e ideológicas de su pueblo, al igual que diseminó el pulque (bebida fermentada tradicional del pueblo mexicano) que era tomado por su padre para embriagarse.

Esta acción hizo que el pueblo se enfureciera con él, y la segunda esposa de su padre aprovechando este hecho, por envidia y deseos ambiciosos para que su hijo mayor heredera ser cacique, cizaño al padre de Cristóbal para que lo matará.

El padre por ende, al no estar de acuerdo con las enseñanzas y la evangelización en sí, invito a Cristóbal a una celebración, el cual era falsa.

En aquel «festejo», el cacique le hizo asistir a su casa del convento, en donde se encerró junto a él, y le propinó una paliza con su garrote hasta casi asesinarlo, lanzando (luego) su cuerpo a una hoguera.

En el dolor que padecía su hijo, su madre Tlapatzilotzin, solicitó ayuda de la servidumbre para sacar el cuerpo de  éste de la hoguera.

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Y pasado un día, antes de su muerte en medio de la agonía que padecía Cristóbal pidió una última conversación con su padre, el cual aceptó, y Cristóbal le pronunció: «Padre no creas que estoy enojado o me iré rencoroso, yo te perdono porque me has dado la gloria eterna». Esta frase, es conocida como la primera declaración de perdón en América.

Durante muchos años, el niño Cristóbal fue adorado por la población de Atlihuetzia como santo, pero a medida que transcurría el tiempo la historia de su vida fue olvidada, hasta que el primer sacerdote de la comunidad de Tlaxcala conocido con el nombre de Luis Munive y Escobar descubrió una imagen que tenía la inscripción «Venerable Cristóbal».

Esto causó en el sacerdote  la inquietud sobre quién era dicho personaje, lo que hizo que tomará la acción de reunir la información acerca de la vida de los niños mártires de tlaxcala, originando que en la actualidad su historia sea conocida por la comunidad de tlaxcala, así como por el estado y el país de México.

Vida de Antonio y Juan

La vida de estos niños mártires de tlaxcala está estrechamente vinculada, ya que antes de inculcarse en la religión católica ambos se conocían.

Por un lado, Antonio era nieto de Xicoténcatl (señor de Tizatlán) lo que le concedía el papel de noble que tenía por herencia el señoría en el futuro. Él, nació entre los años 1516 a 1517 aproximadamente, y su martirio aconteció en el año de 1529 cuando tenía alrededor de  12 o 13 años.

Por otro lado, el niño Juan era un servidor de Antonio, que nació y se crió en el mismo lugar, teniendo la misma edad que éste y sirviendo como criado personal de él.

Ambos, en el año 1529 fueron seleccionados por el fraile dominio Bernardino Minaya, cuando éste se encontraba en la misión de predicar la religión en el estado sureño de Oaxaca.

Por lo que al pasar por la comunidad de Tlaxcala, pidió ayuda a los frailes franciscanos para que le acompañarán algunos jóvenes instruidos por ellos en su misión.

Antonio y Juan, en compañía de uno de sus compañeros, aceptaron voluntariamente dicho encargo ya que eran fieles a los principios de la iglesia y querían aventurarse a dicha tarea.

Sin embargo antes de aventurarse a cumplir esta misión, el fraile Bernardino les explicó los riesgos a los que se enfrentarían, en el que estaba principalmente la dificultad de evangelizar a un pueblo extremadamente idolatra a sus creencias y convicciones por lo que podían padecer del martirio.

Pero a pesar de dicho argumento, los niños aceptaron el riesgo, dirigiéndose entonces junto al fraile Bernardino a la población de Oaxaca.

Mientras estaban camino a su destino, puntualmente cuando se encontraban en Tepeaca, a los niños se les encomendó dirigirse solos a Tecali y Cuautinchán.

Al llegar, Antonio decidió entrar a una de las casas con el objeto de tomar las figuras idólatras para luego destruirlas mientras que Juan esperaba en la puerta, en ello llegan dos hombres con un arma conocida como macana golpeando hasta la muerte a Juan.

Antonio al percatarse de lo acontecido, sale y enfrenta y regaña a los hombres, explicándoles que mataron a un niño inocente porque él fue quien tomo las figuras, y entonces rompió las mismas en presencia de los hombres, quienes molestos por tal acción le propinaron también una paliza que lo llevó a su muerte inmediatamente.

La vida de estos niños mártires de tlaxcala son ejemplo verdadero de lo que es ser fiel a la Fe, la Esperanza y la caridad (valores de la religión), por ende son muy conocidos y venerados por los católicos hoy en día.

Beatificación

El 6 de mayo de 1990 el sumo pontífice Juan Pablo II, se encontraba en su segunda visita a México en la labor de evangelizar al mundo.

Por lo que en la Basílica de Guadalupe, toma la decisión de beatificar a los niños mártires de tlaxcala, haciendo la invitación a lo más jóvenes de las comunidades de actuar y seguir el ejemplo de estos personajes.

Canonización

La canonización de los niños mártires de tlaxcala, fue dada el 15 de octubre de 2017 cuando el Papa Francisco autorizó y certificó el decreto de canonización de estos niños a causa de su afiliación y creencia fortificada en vida de la fe cristiana.

Este hecho se ocasionó en la audiencia donde el Cardenal Angelo Amato (prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos), expresó: «Ellos no necesitaban ningún milagro. Solo por el hecho de ser muertos en nombre de Cristo es más que suficiente»

Fue un suceso lleno de gracia y felicidad para la comunidad de Tlaxcala, por lo que al ser declarados como Santos, en Tlaxcala repicaron las campanas de las iglesias en conjunto.

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