Sermón de las siete palabras para el viernes santo

Muchas lecturas bíblicas toman vigor una vez que llega la semana mayor, en la cual todos los fieles se reúnen para conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En este post descubrirás la importancia que tiene el sermón de las 7 palabras en este día santo en particular.

sermón de las 7 palabras

Viernes Santo: sermón de las 7 palabras

Royo Marín y P. Granada son considerados como los grandes predicadores para este Sermón, al igual que la propia pasión de Jesucristo y todo su sufrimiento hasta su propia resurrección. Ellos aseguran que la justicia de Dios logró reivindicar a muchos hombres, hasta el grado de regresar a la vida al Mesías, tal como él mismo se proclamó antes de morir y por lo que fue juzgado a través de la ley de los hombres.

Según ellos, hasta cierto punto la sangre de Cristo es inquietante e injusto que haya recibido tal castigo para salvar a las mismas personas que le torturaron en la cruz. Es posible que el trato humillante así lo haya quiso, o tal vez no, el propio Padre para apaciguar a todo un pueblo enardecido contra la acusación de falso profeta a Jesucristo. Para efectos de las lecturas en el Antiguo Testamento, efectivamente hay un Dios que no ve con buenos ojos el sacrificio de sus hijos.

Ese mismo Dios es aquel que repudia la sangre de los machos cabrios y de los novillos, que bien pudiese encontrar la lectura en (Sal. 51, 18). Por su parte, Francois Varone declara que la sangre en el cristianismo ha hecho buenas migas, o una gran labor para que todos los devotos comprendan la importancia de este gran acto de amor que Jesús hizo en pro de todo un colectivo.

Asimismo, muestra la refinación de Dios de esta sangre respecto al novillo. Ciertamente, el cristianismo pretende que los hombres débiles adquieran mayor fortaleza para verse ante Dios.

Para obtener cada uno de los favores, el hombre deberá asumir la mayor parte de su fuerza con su fe. De igual modo, para ganarse su perdón en caso de haber arrepentimiento sincero de los pecados, corresponde pagar un precio elevado si se pretende alcanzar su Reino.

Por ello, el Sermón de las y palabras hace ver que el sacrificio humano es una buena herramienta para lograr el objetivo. Como este sacrificio puede prestarse a diversas contradicciones, los ateos se valen de ello para hacer frente a las creencias cristianas.

Para predicar el Sermón de las 7 Palabras es pertinente indicar que la pasión y muerte de Cristo debe dejar de insistirse desde el punto de vista en la satisfacción, como una prueba para aplacar a Dios. Realmente, la importancia de este episodio tiene sentido desde el ángulo de la revelación, para estar en sintonía con el corazón del Padre.

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El Sermón de las 7 Palabras es un grato intento con el cual Dios quiere dar a conocer su corazón a todo el pueblo mediante su gran portavoz: Jesucristo. su hijo unigénito. Gracias a ello, Dios transmite todas sus bendiciones con la verbalización de Jesús para el mundo.

En cuanto a la Pasión de Cristo, todos los evangelistas han estudiado los textos desde un ángulo teologal, queriendo decir que este gran acto de fe es observado desde la luz divina emanada por Dios que en el sentido religioso que conoce el hombre, hasta aquellos que son juristas y estudiosos.

Por este motivo, los evangelistas se han mostrado sobrios al momento de relatar parte de esta historia, sin caer en un vacío dramático en querer reflejar una gran tragedia por la cual todos hay que lamentarse hasta la fecha. Hecho contrario que hacen los predicadores y artistas.

“El superhéroe del sufrimiento” puede tildarse a Cristo por todo lo realizado hasta la fecha de su muerte, o como un ser cuyos límites jamás se puedan alcanzar, así el hombre intente predicar con su gran ejemplo.

¿Será Cristo ese ser supremo, el héroe que no podemos alcanzar, el elemento que da fin a los sufrimientos o a la muerte o bien puede ser tomado en cuenta como el siervo de Yavé que ha entregado su vida sin nada a cambio, sin gestos, sin afectación para enseñar el verdadero amor de Dios?

¿Será Jesucristo aquel Superman sin capa con el poder de vencer a la muerte hasta traspasar todas sus barreras,  o aquel Rey humilde que partió de la vida terrenal sin esperar los aplausos de su gente, tal como lo explica el Evangelio de San Juan?

Son muchas preguntas de este estilo que los teólogos se han planteado a lo largo de su carrera y en la vida cristiana. Siguiendo este mismo orden de ideas, para responder a éstas y más interrogantes, es horas de descubrir a Jesús verdadero Dios y verdadero hombre.

Quienes saben manejar los Evangelios a sus anchas, dificilmente tendrán una postura humanizante sobre lo que ocurrió en la muerte de Jesús y sucesos posteriores. Todos los relatos e investigaciones que los conocedores hagan por su cuenta, enfatizarán desde el aspecto divino de Dios y su relación con Jesús.

En cambio, la humanidad de Cristo es un gran misterio que muchos abordan, con resultados positivos y otros contradictorios, pero las pruebas están allí, a disposición de ser sometidas a las críticas.

Los humanistas, por otro lado, no se dejan guiar por el sentimentalismo o por el hecho de observar por mera justicia que la Pasión de Cristo es en justa medida un hecho plausible por su carácter divino. Esto, sin duda alguna, hace que se desvirtúe la mirada contemplativa o teologal que se tenga sobre lo que ocurrió luego de la crucifixión.

También es necesario recordar la postura de María mientras que su hijo estaba padeciendo en la Cruz. Los relatos bíblicos muestran que ella se basó en un gran temple, seguridad en si mismo y llevando consigo una angustia silenciosa que tan siguiera le permitió arrojarse a llorar bajo los pies de Cristo. María sabía todo lo que estaba ocurriendo, hasta que los teólogos llegasen a afirmar que estaba siendo abandonada por el Psdre, no siendo efectivamente así.

Ella estuvo embargada de esperanza y fe en las horas más cruciales en que estaba perdiendo en vida al único hijo que engendró por medio del Espíritu Santo. No obstante, es una de las principales testigos de una gran revelación, que algo nuevo está por ocurrir y por ende, su tranquilidad durante todo el proceso de crucifixión. María comprendió que la promesa de vida eterna por parte de Dios era cierta, por lo que comenzó en el nacimiento en el Portal de Belén, finalizó en el Monte Calvario.

sermón de las 7 palabras

Las últimas palabras de Jesús no cabe duda que son el máximo tesoro por el cual todos los Evangelios tienen su razón de ser. Lo mismo pasa con las actitudes de María, acrecentando su fe por Dios en la adversidad o en los tiempos más oscuros de su vida. La muerte de Jesús ha sido ese preámbulo que ofrece un perfil concreto al Sermón de las 7  palabras.

Primera palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”  (Lc.23,34)

El Huerto de los Olivos es el gran escenario para que el Sermón de las 7 Palabras tenga bastante razón de ser. Jesús se encontraba en momento de reflexión, haciendo profundas oraciones mientras caía la noche en aquel lugar. Desde su corazón exclamó “Abbá, Padre” cuyo significado es combate. En sus últimos momentos, Cristo había confiado su alma a Dios, despejando todas las dudas de los presentes en que su final en la tierra estaba más cerca.

El camino hacia la cruz es un paso hacia la resignación de Jesús, pero al mismo tiempo un salto para su resurrección en pleno. Puede verse como un proceso progresivo por el cual el Hijo de Dios legitima su proclamación como el Mesías, el gran Salvador del mundo entero.

Con reiteración frente a sus verdugos ubicados en el Getsemani, Jesús verbalizó “yo soy” indicando que efectivamente es el elegido por Dios como instrumento de su amor y para dar a conocer a todo su pueblo las palabras más sabias que nunca nadie olvidaría a las postrimeras de su muerte.

Incluso, el mismo Pilatos se percató del grave error que cometió con Jesús una vez estuvo sometido en el madero. A punto de morir, todos los presentes y su persona reconocen en él al verdadero Hijo de Dios. Con esa acción no solo está crucificando al hombre, sino también al Padre.

Posteriormente, Pilatos escribió sobre la cruz: “Jesús el Nazareno, Rey de los Judíos”. Él mismo se encargó que esta inscripción estuviese en las lenguas más habladas del momento: griego, latín y hebreo. Gracias a eso, el Procurador da fe que aquel hombre rechazado por todos si era el Mesías que tanto insistía ser. Otro aspecto interesante son los favores concedidos de Cristo, por tanto puede echar un vistazo a los milagros de Jesús más conocidos en este tiempo.

“Padre, perdónalos” es la frase de apertura con la cual Cristo exhorta a que todos los cristianos deben amar a sus enemigos y hacer el bien para los seres que nos odian (Lc.6, 27-35). Jesús fue bastante consecuente en repetir esta frase una y otra vez para que todos los hombres recuerden hasta el último instante de mostrar piedad y perdonar a quienes los ofenden.

Es un gran acto para apelar a ese amor divino que Dios ha sembrado en cada uno de nuestros corazones. Representa un cúmulo de alivio de dejar atrás si el enemigo intentó causar daño a nuestro ser individual.

Con esta breve frase, Jesús es capaz de tocar los corazones de sus fieles más amorosos, pero a la vez el propio corazón de Dios. A partir de esta etapa, el hombre está dispuesto a ser castigado conforme a la justicia divina de Dios y es un hecho que el propio Jesús dio a conocer a todas las hijas del Jerusalén.

Dios siempre estuvo consciente que sus creaciones son perfectas o buenas, haciendo que Jesús sea ese intermediario de amor que los hombres necesitaron para entender su misterio y su sacrificio.

“No saben lo que hacen” es una muestra de hacerle entender a Dios que el proceder de los hombres para consigo estuvo mal, como acto de injusticia e ingratitud bajo su propia designación como el Mesías.

Llegó a olvidarse de sí mismo, de su pronta muerte y dejando a un lado los reproches, perdonó a todos sus verdugos encabezados por Pilatos, responsables fundamentales de su crucifixión. No importó los jueces (todo el pueblo) y los soldados que lapidaron su destino en la cruz; al final, todos recibieron su perdón.

Cristo comprendió que si el pecado de aquellos hombres que lo ajusticiaron era bastante grande, también supo que la misericordia de Dios es infinita para todos quienes se arrepienten de corazón o buscan sin cesar el refugio de su manto.

En esta agonía es cierto que Jesús pierde su partida en el plano terrenal, pero gana el combate más importante para estar junto a Dios habiendo perdonado a todos sus adversarios hasta el final. Es la victoria más memorable que enaltece el nombre de Jesucristo para muchos.

Jesús no opuso resistencia en ningún momento para aceptar la Cruz como sentido cumbre para su vida. Su rendición lo hizo por amor a todos los hombres y para Dios. Es un grado de solidaridad con el hombre que es pecador y en ese instante, Jesucristo estuvo indefenso, pero dispuesto a aceptarlos pese a su grave error. A raíz de esta situación, el Padre no se detiene a mirar al hombre por como es, sino por cómo ama al hijo desde la inmensidad de su corazón.

El hombre no puede sacar bajo la manga cualquier justificación para sus acciones, sean buenas o malas, con malicia o de bondad. Solamente puede tener cabida si estos momentos de justificar un hecho sea mediante la oración en la cual se pronuncie un si definitivo para todas las bondades que éste otorga.

Para finalizar con este primer paseo por el Sermón de las 7 Palabras, es preciso concluir que a partir de esta instancia se revela el inmenso amor que tanto Padre como Hijo sienten por todos los hombres, el sacrificio y entrega de Cristo en la cruz y el poderoso corazón colmado de misericordia que ambos tienen para obsequiar, siempre y cuando sus perseguidores sean personas de gran ejemplo en la cristiandad.

Segunda palabra: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc.23,43)

En la escena del Huerto pueden distinguirse tres cruces de grandes dimensiones, en las cuales tres hombres sucumben ante su cruel destino. Cristo situado en el centro, estuvo rodeado de dos hombres más que incurrieron en delitos para adjudicarse la pena de muerte.

Lucas hace bastante énfasis en la interacción de los ladrones y Cristo antes de morir. Es el momento cumbre para la Salvación bajo el contexto del calvario. Antes de fallecer, Jesús reitera cuál es su misión en el mundo, dictaminada por el Padre.

En primera instancia, este episodio puede notarse más como un evento de anécdota superficial, en la que hace hincapié en los insultos que recibe Jesús por ambos ladrones. El giro inesperado ocurre cuando uno de los dos malhechores está arrepentido de todas sus palabras hasta decirle que quiere acceder junto a él a ese Reino prometido en que todas las benditas almas permanecerán.

El dolor tanto de delincuentes como de Jesús puede estudiarse desde un ángulo más humanista que superficial. Sin embargo, hay un trasfondo más interesante, porque el hombre que muere en medio de ambos hombres, es el mismo que tendrá la potestad de juzgar al mundo.

Si bien es cierto que el sentido de justicia va a prevalecer en Cristo, también es correcto indicar que no es un juicio malévolo que requiere la aplicación de castigos severos, sino conforme a la misericordia con que Dios nos observa diariamente.

“Acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino” son las palabras finales con las cuales el ladrón de carácter más dócil se dirige a Cristo justo a su lado. Por ser el Hijo de Dios, tendrá la facultad de alcanzar su brazo para auxiliar a aquellos pecadores que aún en sus procesos delictivos, no olvidaron a Dios.

El papel de este ladrón es más interesante de lo que parece, a pesar que solo intervino en los últimos minutos de vida propios y de Jesús. Directamente está reconociendo que el Hijo de Dios es el hombre del Apocalipsis, que viene a juzgar al mundo. Este ladrón pertenece a ese sector de Yahvé, que están conscientes de sus culpas y saben que un juicio final se abrirá apenas ellos mueran. No obstante, también están complacidos que la Buena Nueva es un hecho y los tiempos de Gracia son inminentes.

Estos tiempos no pueden verse como una era de destrucción masiva con motivo de castigar a todos los hombres por sus pecados. Al contrario, es la era de regocijo, porque la salvación ha llegado para rescatar a los arrepentidos, como aquel ladrón. Con la muerte de Jesús inicia aquel gran juicio. Como el ladrón ya estaba delirante y a punto de morir, Dios otorgó varios minutos adicionales para escuchar el clamor: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

La autoridad, disposición y solidaridad con el ladrón es un hecho característico de Cristo al afirmar: “Yo te aseguro” sin quedar la menor duda que aquel malhechor podrá disfrutar de ese Reino prometido que solo los buenos hombres o almas arrepentidas tendrán el acceso asegurado.

La fuerza y seguridad en él por poseer la última palabra será una revalidación para la fe de muchos incautos que no creen en Dios. Es un testimonio que él da sobre sí mismo, como el dueño para el acceso de su paraíso.

La cruz es ese artefacto que resume en apenas una mirada todo lo que significa el Sermón de las 7 Palabras, pero en particular a la propia salvación. Lo que un hombre por un acto de rebeldía procuró que nadie tuviese acceso a ello, es ese otro quien abre las puertas de su plano celestial para todos quienes son merecedores de ello.

Con la muerte de Jesús, la humanidad se ha reestablecido para salvarse del pecado original. El Paraíso vuelve a ser ese destino que todos quieren alcanzar, pero que muchos se quedan en el camino bien sea en el Purgatorio o morando su alma en el infierno.

Ninguno de los dos ladrones al principio tenía los atributos suficientes ni la fe necesaria para salvarse de una muerte definitiva, sin conocimiento de esa vida eterna a la que Cristo si estaba dispuesto a ejercer. Ellos son el fiel espejo de todos los errores que el humano tiende a cometer para deshonrar la voluntad de Dios y para muestra un botón, uno de ellos aprovecha su último aliento para insultar a Jesús.

Por su parte, el otro hombre tiene una noción clara respecto al pecado y todas las consecuencias merecidas por proceder con actos insanos en delincuencia: “Nosotros estamos aquí con razón, porque nos lo hemos merecido con lo que hemos hecho”.

Son algunas dicotomías que los ladrones ofrecen para un estudio interesante. Luz/sombra, fe/incredulidad, humildad/soberbia, libertad de elegir el camino correcto o perderse en él.

El ladrón que se arrepiente de corazón permanece más tiempo contemplando la imagen de Jesús en la Cruz hasta mantener su mirada firme a sus ojos en señal de fe que siente hacia el Padre y todas sus obras. Cristo igual le mira con ternura y misericordia, hasta apuntar con su sentido de la vista que aquel hombre forma parte de los suyos.

Para entrar al Reino de Dios, cualquier individuo tiene que reconocer cada uno de sus pecados y la miseria que es capaz de guardar su ser para ofender a un Dios que ha sido tan bueno con ellos. Antes de morir, Cristo indica que él regalará el cielo a todos los redimidos y no solo lo predicó en sus minutos luctuosos, sino a lo largo de su vida detalla con mucha paciencia todos los beneficios de alcanzar el trono sagrado donde el Altísimo ha de juzgar a vivos y muertos.

Desde el punto de vista evangélico, no serán los actos el objeto directo que provocará la ascensión al cielo. Basta con el testimonio de Jesucristo para creer que si hay una revelación superior, un Paraíso que espera por todos sus hijos y un perdón para quienes faltaron a su imagen en vida y muerte.

El Rey de los Judíos tiene un poder sin igual, sin tomar en cuenta que estaba clavado en una cruz. Tiene en sus manos esa llave poderosa e imaginaria con la cual conducirá a las almas para escalar al Paraíso, o por el contrario, negará de ella a quien necesita más tiempo para redescubrir todas las bendiciones infinitas que otorga Dios.

Cabe resaltar que solo los pobres con sus miserias humanas y los pecadores que aceptan con humildad sus errores son aquellos que adjudican a Jesús como el legítimo Rey.

En definitiva, el Tiempo de Gracia interpela en función de ese memorable diálogo que Jesús sostiene con el ladrón más arrepentido de los dos. El juicio apocalíptico es aquel que todos los hombres esperaban por parte de Dios, porque daba a los justos y buenos todo lo que ellos realmente merecían. Este tipo de justicia es catalogada como reivindicativa, es decir, el pecador todavía tiene el camino asegurado para corregir su rumbo y ser un hombre de ejemplo para sus semejantes.

El hombre bueno fue premiado con lo mejor, pese a demostrar arrepentimiento por aquellos pecados que en vida cometió. En cuanto a los fariseos, tuvieron el sendero más difícil para enmendar su rumbo; pocos lo hicieron, pero no representan grandes masas como los hombres humildes de corazón que si legitiman Jesucristo como el Nazareno, el Rey de los Judíos.

La religión oficial, aquella ley de los hombres albergaron a bastantes fariseos que arremetieron sin cesar contra el buen nombre de Dios y por consiguiente, su hijo. Ellos también se proclamaron como buenos, hasta rendir actos de culto en los templos. Es el grupo de hombres que si tienen justificaciones para sus actos para mantener sincronía desde su corazón religioso, el corazón de un hombre natural que no está llevado por el factor divino que engloba al Padre y el Hijo.

Ellos tuvieron mayor rigor en la ley que en el factor divino. Siempre estuvieron de acuerdo con la existencia de un Dios, pero al mismo tiempo necesitaban de seguridad en sus obras para creer que efectivamente él las hizo. Un fariseo necesita tener una imagen correcta de sí mismo. Es el corazón más común del hombre, que está allí, pero no es capaz de discernir los grandes misterios de la Cruz y todo lo que eso implica.

El ladrón siempre entendió que el Paraíso es un obsequio por la gracia de Dios. El juicio definitivo gana mucho peso en el ladrón que aún mantiene escrúpulos hasta el arrepentimiento. No puede decirse que este ladrón es mejor que cualquier otro por elevar su acto de fe hasta arrancar de las manos el Paraíso de Jesús. Entonces surgen muchas preguntas tales como ¿por qué es considerado un buen ladrón?

En el Nuevo Testamento, San Pablo cuestiona si realmente vale la pena enfocar la vida humana y espiritual sobre el Evangelio de la Gracia. La muerte puede sorprender a muchos, inclusive a aquellos enfermos terminales, por tanto, nunca estamos preparados para saber qué decir o la lucidez para elevar hasta el máximo esta fe que el buen ladrón hiciera en sus minutos póstumos.

“Dios nos ha amado primero, incluso cuando éramos pecadores” (Ro.5,8). Esta cita es interesante de estudiar, porque ningún cristiano debe ser bueno exclusivamente para que el Altísimo faculte su gracia divina. Ser bueno es un acto de agradecimiento por esa gracia recibida, pero no es funcional actuar de buena fe solo por obtener este don y ya. Hablando de este tema, es preciso conocer todo lo relacionado a la oración a Jesucristo por su gracia y misericordia.

El Sermón de las 7 Palabras determina que si un cristiano es capaz de medir el amor de Dios por los hombres desde sus propias virtudes es un gran error. Así que, para obtener la mirada compasiva del Padre, es indispensable no actuar conforme en búsqueda de su gracia, como quien busca algo muy valioso solo para satisfacer sus necesidades individuales.

Según el Evangelio. quien tenga un corazón de niño será capaz de visualizar con entendimiento el calvario que sufrieron los tres hombres en la cruz, especialmente Cristo. La vida para la religión cristiana todos quisiéramos ser como el buen ladrón, porque por más delitos que haya cometido, se trató de un buen pecador que al final de sus días solicitó la conversión.

Tercera palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 26)

En las primeras frases del Sermón de las 7 Palabras, Cristo ha prometido el paraíso para el buen ladrón y que la promesa del perdón está latente para quienes observan con detalle el inmenso corazón de Dios. ¿Será que en esta lectura del Sermón de las 7 Palabras Jesús empieza a ocuparse de sí mismo?. Queda claro que el perdón es un don que no todos tienen, pero con ayuda de Dios es capaz de perdonar hasta a los bandoleros que quisieran redimir el camino para el bien.

Pero no, aún queda mucho trecho por recorrer, porque el mayor regalo de Jesús no ha sido mostrado al mundo. En este Sermón de las 7 Palabras queda mucha tela por recortar. Aparentemente Cristo no tiene nada qué ofrecer desde la cruz, más que la lástima de los presentes. Sin embargo, uno de sus tesoros más preciados tiene un valor tan incalculable que hasta la fecha es puesto en práctica por todos los hijos: la permanencia de una madre.

San Juan, en la tercera fase del Sermón de las 7 Palabras es el principal transmisor de ese inmenso amor que Cristo siente por su madre María. Ella fue quien permaneció más tiempo en compañía de su hijo, mientras que el resto de los espectadores se alejaban del Huerto. A duras penas quedaban los soldados y el grupo de personas que si apoyaron a Jesús en su decisión de sacrificio, además de proclamarse el Mesías del mundo.

Quienes estuvieron presentes hasta posterior a la muerte de Jesús son considerados como personajes de la iglesia naciente. María, en esta tercera estación del Sermón de las 7 Palabras no solo estuvo lastimada por perder a su único hijo en la Cruz, sino además estaba consciente de su misión. A ella, desde las bodas de Caná se ha pedido el sacrificio de su hijo para aquellos tiempos de Palestina. Acá, ejerce esa misión de madre salvadora para Jesús, hasta asociarse por completo a la misión de su hijo.

Un sentimiento bastante interesante es conferir el cuidado de su madre a alguien más, como a Juan, por ejemplo. No queda la menor duda que Jesús amó a su madre, como ese tesoro personal que nadie quisiera perder bajo ninguna circunstancia. Como esto no ocurrió, no hubo palabra alguna para referirse a Juan, por ser uno de los discípulos más reconocidos por Cristo; en cambio si dirigió el último aliento para su madre.

A María bajo algunas ocasiones en vez de dirigirse como madre, lo hace como mujer para decirle: “ahí tienes a tu hijo”.

Luego de eso, si hace una interpelación para Juan: “ahí tienes a tu madre”. Las intenciones de Jesucristo de decir estas declaraciones es reconocer en María a aquella madre universal que estará bajo el servicio de todos sus fieles, asumiendo que está sacrificándola también para que sea la madre de todos quienes deseen acogerla del mismo modo en que el Salvador la amó hasta el final. No solo sería la madre de la humanidad, sino también de la Iglesia Católica.

Es en esta tercera entrega del Sermón de las 7 Palabras que el Hijo de Dios da a conocer su máximo regalo, como si se tratase de una segunda anunciación. No sería una tarea fácil para aquella mujer doliente de su hijo, pero debemos recordar que hace un poco más de treinta años un ángel la hizo partícipe para los designios de Dios, ahora lo sería para su propio hijo. Ahora,

María como madre universal deberá recibir en su corazón a todos los hombres que deseen su refugio a través de ella. No hay que detenerse a pensar en sus pecados, ni siquiera excluir a aquellos que asesinaron a su hijo en la Cruz. Todos tendrán cabida en su seno si la buscan con el amor que solo un hijo puede profesar a una madre.

María acepta sin condiciones esta tarea, actuando bajo la fe en que su hijo no estaría equivocado al asignarle este rol universal e importante. “Hágase, mi Señor” es lo que ella responde ante tal tarea. A raíz de esto, no se sabe si en el Calvario, aquel respiro de la sangre representa una agonía de Cristo, o un parto.

No se sabe si luego de ello es más lo que fallece que lo naciente. Hay mucho olor a madre en esa escena memorable sobre la muerte de Cristo. Para entender más, solo debemos confiar en que María nos brinde a través de sus ojos un mejor testimonio de fe.

Cuarta palabra:  ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mc. 15, 34)

Llegó las tres de la tarde y eso significa que la muerte de Jesús estaba aproximada; nada podía hacerse para evitar este acto en sacrificio. No quedaba prácticamente nadie en la cima del Calvario, apenas los más allegados a Jesús y su santísima madre María. El huerto estaba más solo que de costumbre y esa soledad invadió el cuerpo de Jesús. Esto nos deja como enseñanza que al final de cuentas morimos solos, así estemos rodeado por el amor de nuestros seres queridos.

El alma de quien agoniza siente una soledad bastante aguda, más que nunca está solo en su lecho de muerte. Jesús no quiso librar ese último combate importante, así que no pudo anteponerse a esta ley de vida que condiciona a los hombres. Ningún otro ser humano ha experimentado la soledad como Jesús en la cuarta estación del Sermón de las 7 Palabras. Es una soledad tan vertiginosa que depende hacer un acercamiento cauteloso para colocarse en sus zapatos.

No hay parte más conmovedora en el Sermón de las 7 Palabras que esta cuarta, por ser sometida a diversos estudios. Inclusive, otros santos fueron conmovidos y los teólogos se han llevado las manos a su cabeza para tratar de comprender el matiz con que Jesús dijo esto. No es una frase de reclamo, pero sí de dolor con un clima de serenidad. Eso sí, fue un grito bastante fuerte, un grito ensordecedor, un grito que taladra el oído de todos los presentes y más allá, de quienes han escenificado esta escena en las artes.

En medio de este grito existía un silencio aún o más ensordecedor que esta frase en el Sermón de las 7 Palabras. Ya agotado, esta es una de las frases que dijo Cristo con más fuerza en su voz, bajo unos pulmones que estaban quedando sin respiración.

En los Evangelios hay respuestas sobre el porqué de estos gritos, como si una fuerza externa brindase a Jesús un motivo para exclamar con vehemencia ese dolor interno que estaba sintiendo. Jesús ya había sudado mucha sangre en el Huerto bajo un silencio abrumador, entonces ¿por qué hacer énfasis en su entonación para preguntar sobre el abandono de su Padre?

Él ya había sufrido en silencio, bajo una lluvia de clavos que sostuvieron su cuerpo. ¿Qué lo impulsó a gritar, pudiendo morir bajo un mayor clima de tranquilidad espiritual?

Algunos teólogos afirman que estas palabras son muy fuertes, fatales. Ellos quieren entender que la mejor decisión para Jesús era retenerlas en su pecho ya sufriente y no exclamarlas en frente de los pocos acompañantes y mirando al cielo. Asimismo, aseguran que estas palabras son la abertura para que los ateos indiquen la nula existencia de Dios, porque un Dios no está previsto de causar el sufrimiento de los hombres, ni por enfermedad ni por más condiciones adversas.

Es una pregunta que bastante dolor de cabeza causa para los investigadores y personas naturales.  ¿Realmente Jesús estuvo abandonado por su Padre? ¿Acaso ambos es solo un Dios? ¿Pudo el aspecto divino separarse de su cuerpo, siendo un único agente?

Lo que sí es evidente es que Cristo efectivamente sintió el abandono en su lecho de muerte, su corazón así lo experimento y por él desprende esa frase emotiva con todas las fuerzas restantes de su cuerpo. Ese abandono es soledad, es lejanía.

Jesús, hasta el final, está cumpliendo con su misión para restaurar al mundo hasta salvarlo, pero ¿Cuál es el sentido de sentir esa lejanía de su Padre? Para lograr su encarnación, tuvo que descender hasta el infierno.

Hablando sobre ello, ¿Qué quiere decir infierno? “Descendit ad inferos”.E “inferus, a, um”, traducido al español como profundidades. Por este motivo, Jesús descendió hasta su propio infierno, a las profundidades que respecta a la verdadera condición humana, para así asumirlo hasta su glorioso momento de resurrección.

Este descenso no es una tarea sencilla, porque allí se encuentra con todos sus dolores, temores y angustias. Asimismo, puede distinguir todas las malformaciones que refiere a la obra de Dios, pero principalmente, el pecado en el mundo que estaba en crecimiento como una bola de nieve en una avalancha.

Entonces, ¿Tiene algo de extraño que Dios se haya desprendido de él? Pudo haber influido el hecho que el Altísimo no congenia con el pecado y la exhumación de Cristo al bajar a su propio infierno pudo inferir en eso.

El Hijo siempre tuvo que ser consecuente con la obediencia que debía tener hacia su padre desde su designación. Si bien es cierto que el infierno de Jesús lo hizo desfallecer, hasta descubrir la verdadera miseria humana, también es verdad que sus dolores no son de un pecador, sino de preocupación al descubrir que aquel mundo creado por su Padre, estaba cubierto por una gran capa de pecado. Él es el Salvador y purificador, por tanto, debía experimentar ese infierno para comprender que la obra divina de Dios no estaba marchando tal y como él lo requiere.

La pasión, muerte y resurrección es el camino ideal para que Cristo llegase hasta su encarnación, luego de probar las profundidades mezquinas del hombre dentro del Sermón de las 7 Palabras. Su pasión no fue desesperada, sino más bien luminosa para rescatar la obra perfecta de su Padre y así lograr el objetivo encomendado a su misión de purificador. El sufrimiento luminoso para un Dios tiende a ser más triste que el desgarramiento que alguno de los hombres pueda tener.

Solo Dios es capaz de medir este abismo que tiende a separar el bien y el mal, el amor y el odio, el reconocimiento o no legitimidad del Altísimo y mucho más.

“A aquél que no había conocido el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, a fin de que nosotros nos hiciéramos justicia de Dios en él”(2 Co. 5,21). Es por este motivo que el hombre sin conocer el pecado, ya tiene un indicio sobre qué es y las consecuencias que éstos tienen. Por su parte, Jesucristo al descender a su propio infierno da fe a ese inmenso amor que siente por alguno de nosotros. El Padre y el Hijo tienen un conocimiento amplio sobre el destino que todos los hombres tendrán.

Jesús, en su faceta como Hijo ha logrado salvar al hombre del pecado a cambio de su soledad, de estar prácticamente solo al morir, de no tener el respaldo de un colectivo, sino unos pocos que en verdad estuvieron con él en los momentos más difíciles. Su alma ha sentido que se separa del padre y por eso grita, para encontrarla en un acto de desesperación. El dolor de su alma minimiza de algún modo todo el sufrimiento que su cuerpo está sintiendo por los clavos y la flagelación.

Aunque muchos han pretendido que su grito es desesperado, la teología indica que son gritos ahogados y al mismo tiempo serenos llenos de amor. Estas pequeñas frases que enlazan el Sermón de las 7 Palabras están presentes dentro del salmo 21, que es uno de los más tristes desde el momento de su lectura.“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Como muestra de gratitud, todos los hombres deberán gritar desde el fondo de su corazón que aman a Dios y todas sus obras. No hay nada más reparador que agradecer a Cristo, porque ese grito desalentador ha llegado a cada uno de nosotros. Si esa voz penetra toda nuestra humanidad, seremos felices y creeremos con firmeza en la encarnación.

Quinta palabra: “Tengo sed” (Jn. 19,28)

En pleno sentido humano, esta es la palabra más radical que Jesús pudo pronunciar desde el Huerto y con su cuerpo sucumbido en la cruz. Desde el primer momento, todos los analistas asumieron que la muerte de Jesús estaba carcomiendo su cuerpo, hasta el punto de dejarlo sediento y debilitado de tanto martirio.

Sin duda alguna el que está padeciendo en la cruz es un hombre de carne y hueso y no un superhéroe sin capa con poderes extraordinarios. No es un fantasma sin sensibilidad alguna. Este es el escenario ideal para demostrar que Cristo resultó un hombre como otro.

Cuando un hombre es crucificado y permanece por varias horas en una posición estática frente al sol o las inclemencias de la temperatura ambiente, el cuerpo comienza a sentir sed. La sangre está diluida, secándose paulatinamente, el cuerpo pierde hidratación y por ende, la debilidad forma parte entre los síntomas de tortura. Un vaso de agua es capaz de reducir un 60-7’0% la deshidratación y hace que el cuerpo recobre un poco ese vigor que por el clavado en la cruz se ha perdido.

En caso contrario, cuando el torrente sanguíneo deja de hacer sus funciones correctas, la sangre restante está dirigida por ósmosis va al plasma sanguíneo, sobreexponiendo más de la cuenta al organismo a la deshidratación. Gracias a la tortura y la sangre derramada por Cristo, la sed llegó más pronto de lo pensado y la debilidad hizo que su gesticulación de palabras se hiciese con dificultad.

La corona de espinas, la posterior flagelación y el poder de los clavos desgarrando la piel hizo que Jesús sustancialmente perdiera sangre. Esa cruz a cuestas, más pesada que su mismo cuerpo, permitió que Cristo cayera varias veces, representando así el clásico via crucis que muchas culturas representan en semana santa como parte de su pasión. Por supuesto, con este precedente no es raro que el crucificado solicitara un poco de agua para reponer fuerzas.

Apenas uno de los soldados se inmutó sobre el sufrimiento de Jesús para acercarle un pañuelo con una mezcla de vino agrio, vinagre y agua para esparcir en sus labios.

Las burlas no se hicieron esperar respecto al soldado humilde que acercó el pañuelo con vinagre hasta decir: “Deja, veamos si viene Elías a salvarle” y aparentemente esas palabras surtieron efecto: “En mi sed me dieron a beber vinagre” (68, 22) es el testimonio ideal que deja en claro que el soldado si brindó un poco de líquido a los labios de Cristo.

Como cualquier hombre sediento, cuyo cuerpo está maltratado por la tortura, Jesús suplica un poco por agua. Todos necesitamos del vital líquido para refrescar el cuerpo, por tanto, la situación de Jesús fue más crítica de lo imaginado.

La sed es una consecuencia orgánica, pero ¿Cristo estaría refiriendo a otra sed independiente a la corpórea? Por ejemplo, sed de amor, de compasión, de salvación o de la propia justicia. Desde luego que si, Jesús pretendía saciar toda la sed reseñada y mucho más, para aminorar el sufrimiento de su cuerpo ya cansado.

Lo que más dolió en el corazón de Jesús es ver rechazada su oferta de salvación, el presentir que su dolor y sufrimiento para los hombres sería inútil, ver que su Padre lo está dejando solo en aquellos episodios de amargura y desolación.

En el fondo, él quería atraer todos los hombres hacia su persona, pero detalló que casi ninguno hizo caso y todos continuaron de largo dándole la espalda. Todos y cada uno pasaron por un lado sin darle agua a Jesús, sin pensar que “la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna” (Jn. 7, 37ss.).

A raíz de esta presentación de Cristo en la cruz, es imperdonable que un sujeto niegue del agua para el prójimo, porque ese líquido para un grupo no tendrá mayor significación, pero para otra mayoría es una fuente inexorable para conducir a la vida eterna.

Sexta palabra: “Todo está consumado, todo está cumplido” (Jn. 19, 30)

El sexto tramo del Sermón de las 7 Palabras es un grito adelantado de victoria, como el piloto que cruza la línea de meta en el primer lugar. Es la consolidación de lo que quiso el Padre y el Hijo se encargó de cumplir con cada una de sus encomiendas, es una victoria sobre su misión.

“Yo he bajado del cielo para hacer, no mi voluntad, sino la del que me ha enviado” (Jn. 6, 38). “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn. 4, 34).

Y este es el gran regocijo que ha tenido Jesús en su poca, pero fructífera carrera en vida, hacer todo lo que el Padre encomienda a favor de su prójimo. Dios puede dar y darse, al mismo tiempo que Jesucristo puede ser fuente de vida y quitarla hasta conducir esa alma al plano eterno del cielo. A lo largo de su vida, Dios a través de su Hijo fue revelando cada uno de sus propios atributos, como la eucaristía, la encarnación y los grandes placeres que aquellas almas gozarán en el cielo.

Con propias palabras de hombre, Jesús describe a su Padre como el dador de vida, el que da y quita, mientras imparte justicia para otorgar a cada quien lo que merece. En el mismo instante en que Cristo asumió que posee dones divinos, permitió que todos los hombres que siguieron sus pasos fuesen testigos de ese mismo factor. Desde el foco de Santíísima Trinidad, el creador de todo un universo debe unificarse bajo el nombre de Padre.

Jesús, en la penúltima fase del Sermón de las 7 Palabras es verdad que estaba cercano a morir. No obstante, esta no es una muerte que Dios así haya planificado desde un principio. Él no quiso que su hijo terminara sus días así, humillado por todo un colectivo y frente a los ojos llorosos de su madre María. Él no quiso la muerte de Jesús ni de cualquier otro hermano que no la mereciera, al menos en las tristes circunstancias que rodearon el panorama entero con relación a Jesucristo.

A Jesús lo crucificaron sus propios enemigos, los mismos que bajo incredulidad no detuvieron su mirada en creer sus palabras. Por esta razón, los mismos que destruyeron al mismo, son los que actualmente mediante actos insanos desestabilizan las funciones divinas del Padre. Son los fariseos los que ponen en juego el bienestar de la religión cristiana y para muchos, Jesús ni siquiera tuvo razón de ser para la historia universal.

El grave problema por el cual hay diversas opiniones al respecto sobre esta parte del Sermón de las 7 Palabras es que los fariseos no aceptaban a un Dios humanizado ni a un hijo con instintos encausados por la divinidad. Este Dios tan cercano, tan noble, tan bondadoso no estaba contemplado por todas las personas. Tampoco asimilan a Jesús en su faceta de hijo, hasta hacernos hijos a todos con la designación de María como madre universal.

Un sector de las personas prefieren mantener un tanto más de distancia con un Dios al cual puedan rendir tributo a través de los sacrificios para aplacarlo; para ese grupo es más fácil esta tarea. Sin embargo, otros prefieren a un Padre cercano que esté al tanto de situaciones y que busquemos refugio en su corazón. Por eso los incrédulos celebraron la muerte de Jesús, por no estar conformes con tanta cercanía de su parte hacia los hombres.

En (Dt.21,23) puede leerse una cita bastante determinante: “Maldito aquel que cuelga sobre un madero” porque es bien reconocido que esta medida fue llevada a cabo para que nunca más el nombre de Jesús fuese mencionado entre todos los hombres, ni la gente creyera en falsos profetas.

“Todo está cumplido” constata que la voluntad de Dios es un hecho y contra eso no puede hacerse mayor cosa. Todas las razones suficientes adquieren validez, pero “todo está cumplido” indica que la misión de Jesús en la tierra fue un éxito frente a los ojos del Padre.

Cristo reveló que realmente hay un Dios que clasifica a tres entidades más: Padre, Hijo y Espíritu Santo que está dispuesto a acompañarnos siempre. El Padre creador, que al momento de llevar a cabo todas sus obras, dio el visto bueno de todas las cosas.

El mayor éxito para Jesús fue hablar de todos los dones de su padre frente a otros padres de familia, para que inculcara estos valores en cada uno de sus hijos para seguir su ejemplo. Las palabras de este Hijo son sagradas, al igual que sus actos, que tanto repudio tuvieron para los enemigos que los crucificaron.

Así es el plan de Dios, bastante bueno y efectivo, aunque no se conocían los privilegios que existen más allá de la muerte y del cual muchos no están preparados. Cristo nunca había hablado tanto como desde el momento en que estuvo atado a la cruz e incluso, sus silencios resultaron más ensordecedores dentro del Sermón de las 7 Palabras.

La vida de Jesús estaba llegando a su final, pero aún quedaba la misión por revelarse a sí mismo y hacer lo propio con las bendiciones ofrecidas por su Padre. Todo estaba concluso, pero faltaba un último escalón por subir.

La muerte de Jesús no debe ser vista para aplacar a un Dios, tal como ocurre con otros cuyo acto de sacrificar personas o animales permite calmar su furia. Al Dios verdadero le sobra amor para dar a sus hijos, pero requería que su unigénito estuviese a su lado para juzgar a vivos y muertos, ya habiendo dejado consolidada a María como la madre de todos; a Dios le sobra paternidad y a través de ella bendice a las naciones.

Además, es una fuerza que permite consolar a todos los hombres que parten de un mundo para llegar a otra dimensión de lo eterno. Este máximo amor puede denotarse en una de las cartas a los Hebreos:

“Así como los hijos (de los hombres) participan de la sangre y de la carne, así también Él participó de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb.2, 14-15).

Esta fue una de las razones por las cuales Jesús murió en la cruz, para que las personas perdieran el miedo hacia lo desconocido con la muerte.  Ver el factor de la muerte como un nuevo destino y no como un final es lo más apropiado para reconocer que un ciclo terrenal acaba, pero otro eterno comienza.

El hombre nace, desarrolla y muere, pero este último valor no puede extenderse hacia un fin definitivo, porque también está el resucitar, comenzar un nuevo rumbo. Ver la muerte como un final sin remedio, un factor inexorable desde la cristiandad representa un atropello.

¿Por qué llora un niño cuando siente el desamparo de su madre? ¿Cuál es la razón para qué los jóvenes se sienten frustrados constantemente cuando algo no sale como les espera, sea en la universidad, en el trabajo o incluso en el amor?

¿Por qué el capitalista se encarga de almacenar toda su riqueza para obtener más y ser más ostentoso? La respuesta es simple a todas las interrogantes: el miedo a morir, sin opción a sobrevivir. En cuanto al capitalista, por el simple hecho de almacenar alguna riqueza si los problemas financieros comienzan.

¿Por qué la ciencia constantemente está buscando soluciones a enfermedades terminales, o indagando sobre pruebas que favorezcan a la vida? El miedo a morir y extender el ciclo de vida de las personas más vulnerables a la enfermedad. Si el miedo a la muerte es superado con creces, el amor de Dios invadirá a todo el mundo en su totalidad y este miedo va perdiendo vigor con el paso del tiempo, a sabiendas que la vida eterna está allí latente para todos.

“Todo está consumado” es una y varias veces la mejor frase dentro del Sermón de las 7 Palabras. Jesús ya mostró el corazón de su Padre y todo lo que éste sería capaz por la felicidad de sus hermanos. Una vez que los dones de Dios empiezan a tener el visto bueno de los pocos presentes en el calvario, el alma de Cristo comienza a sentir paz luego de descender al infierno y descubrir las miserias humanas.

Cuando la muerte está apoderándose de su cuerpo, a raíz de eso comienza a revelarse su máximo regalo: la resurrección, el creer que hay vida más allá de la muerte.

Con resurrección no hay que confundir con un retorno a la vida terrenal, sino a otro tipo de plenitud que solo Dios es capaz de brindar desde su inmensidad.

Séptima palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23,46)

Ahora bien, es momento de hablar sobre la última frase dicha por Jesús en el Sermón de las 7 Palabras. A diferencia de las anteriores que resultaron más radicales y directas, esta palabra es sutil, suave y melodiosa para los presentes o para someter a análisis.

Es normal que el hombre convencional sienta miedo a morir, por dilucidar que todo acabó y no hay esperanzas de revertir el resultado.  No hay que huir a la muerte si ese hombre cree en Dios y en todas sus bendiciones, porque no será un final trágico ni su final, no implica saltar al abismo sin escapar de él.

Morir para el hombre que ama la cristiandad no es un suceso trágico, ni lanzarse al vacío sin oportunidad de salvarse para siempre; no es entrar al bosque de las tinieblas sin observar la luz.

Por otro lado, el hombre natural supone que morir es una pérdida absoluta de la vida, pero debe reflejarse en el espejo con la muerte de Jesús, para determinar que está en un error, porque morir no significa estar en el olvido, sino más bien encomendar el espíritu al Padre para experimentar una gran tranquilidad.

Decía Eugeueni Evtushenko, un poeta ruso que da su punto de vista al respecto para respaldar el Sermón de las 7 Palabras lo siguiente:

“Cuando una persona muere, Dios acaba de amasar su existencia para la eternidad… Y en las manos de Dios… no se pierde ni una lágrima, ni un esfuerzo, ni una ilusión, ni un sufrimiento, ni un instante de la vida…”

Un alma que cree en Dios jamás caerá en el vacío existencial, más bien será rescatada por Dios. Esto mismo no ocurre en caso si es una vida errante, envuelta en pecado y sin ningún tipo de arrepentimiento. Para ellos si habrán dimensiones oscuras y escape sin saluda. Por eso es factible perdonar y abrirse a la conversión, no importa qué tanto mal haya hecho, como pasó con el buen ladrón y el soldado que acercó el pañuelo con vinagre a Jesucristo.

A pesar del dolor y sufrimiento de los pocos allegados de Jesús, él muere bastante tranquilo mirando al cielo, en espera que su Padre reciba su espíritu. Asimismo, encomienda éste a los hombres, para que al final lo acepten como ese hijo verdadero que en horas anteriores habían rechazado. Es el espíritu de Jesús que continuaría con el último tramo de su misión, para enseñar los Tiempos de Gracia y que más allá de la muerte siempre había algo nuevo, una gran comunión con Dios.

Una nueva vida, otro modo de ver la oración, una gran alternativa para cantar las alabanzas. Sin duda, es un nuevo renacer, un nuevo comienzo con la resurrección de Cristo. Este es el máximo regalo que pudo obsequiar al pueblo que tanto lo amó, luego de salvarlos del terrible clamor del infierno.

Dios basó su reino en un templo de amor, en el cual recibe a todas las almas nobles que requieren de un reposo perpetuo en su inmensidad. Es una gran cuna en la que todos deseamos entrar cuando la vida en la tierra llegue a su término.

“Padre” indica el inicio de su más suave, pero contundente palabra para despedirse de sus fieles en el Huerto. Es la palabra más aguda y al mismo tiempo más representativa para el Hijo de Dios.

Es su Padre, el mismo que envió al Espíritu Santo como en señal de confirmación que es su hijo durante su bautismo en el Jordán con ayuda de Juan. Jesús siempre lo llamó así y es el momento de comprender que su amor hacia él es infinito y nosotros debemos aceptar que es un hecho ineludible, al igual que para la Santa Iglesia y sus miembros.

Ya Jesús desde su llegada al mundo a través del parto, tenía una misión clara en su vida. No hay objeción sobre su existencia, pese que los fariseos aún lucha para desmentir este hecho. Es innegable su muerte, por ser la vía en que todo el pueblo se enterase que nadie quedaría por fuera de su paternidad. Dios acoge en su templo a todos sus hijos necesitados y no deja escapar a los errantes si ellos hacen su propia misión dentro de su agonía.

La cruz es el instrumento que va contra la objeción, es decir, si todo lo que se plantee en pro de Dios es rechazado por el hombre convencional, todo lo que diga podrá revertirse en su contra. En la Cruz el hombre se percata que hubo una rebeldía por parte del hombre para refutar todos los actos de Jesús y por consiguiente, ir en contra de la voluntad divina de Dios.

El problema del mal y la muerte siempre han estado presentes, pero son pocos quienes se detienen a pensar que esta falencia viene propiamente del corazón. Esa rebeldía con la que actuaron los soldados no es más que un acto de resistencia a creer en ese Dios benignos que Jesús defendió hasta el final de su vida. Si la humanidad está guisada por estos elementos tan negativos, es impensable atribuir todos estos precedentes a Dios, siendo todo lo contrario a ello.

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